Con aguda perspicacia, dos días después de que el diario Prensa Libre declarara como Personaje del Año 2007 a la señora Wendy de Berger, el columnista Estuardo Zapeta (Siglo Veintiuno, 8 enero), aseveró que esa subjetiva designación es como una advertencia a la licenciada Sandra Torres de Colom, en cuanto a que debe constreñirse a su papel de diligente ama de casa, «una especie de ícono femenino doméstico», y no intentar rebasar la calidad de primera dama, incursionando en asuntos que supuestamente no le conciernen, como participar en funciones públicas del Estado.
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Salvo la frase entrecomillada, el resto de ese párrafo es mi interpretación del pensamiento de Estuardo, con quien rara vez coincidimos en nuestros planteamientos sobre diversidad de asuntos; pero ahora concuerdo con él respecto de que en vista de los antecedentes de la esposa del presidente electo (calidad que se atribuye a la persona que venció en elecciones presidenciales, durante el lapso que media entre la declaratoria oficial de su triunfo y el día de la toma de posesión) no puede esperarse que se quede tranquila manejando los quehaceres de su casa y echándole una manita a su marido en una secretaría de caridad pública.
Comparto, además, el criterio de Zapeta en el aspecto de que durante el proceso de la campaña electoral, doña Sandra fue el personaje político más atacado, y al efecto recuerdo que en mi artículo del sábado 1 de septiembre anterior, indicaba que numerosos columnistas, de uno y otro género, solicitaban, demandaban, reclamaban y exigían que se abrieran espacios a las mujeres en los partidos políticos y en las instituciones del Estado; pero cuando se trataba de la señora Torres de Colom la ridiculizaban en el mejor de los casos, con tintes de solapado machismo, incluso de parte de mujeres periodistas, aparentemente porque a la futura primera dama se le considera provinciana advenediza, ajena a los círculos elitistas de la conservadora sociedad capitalina.
Pero las ácidas críticas a doña Sandra (señalaba en mi columna del jueves 8 de noviembre) transcendían los epítetos groseros, porque fue objeto de una constante campaña negra por medio de repugnantes correos electrónicos de origen supuestamente anónimo, cuyos textos difamatorios eran acompañados de imágenes grotescas que ofendían las más elementales normas de la decencia.
También vienen a mi memoria las palabras escritas por la minuciosa columnista Carolina Escobar Sarti (Prensa Libre, 30 de agosto), cuando abordó el tema de la ausencia en el escenario cívico de las esposas de los candidatos presidenciales, subrayando que «fueron ninguneadas por una sociedad a la que no le interesa realmente verlas participar en política» y en lo que atañía a la señora de Colom «quedó marginada en esta (misma) sociedad de castas que ve con malos ojos a «una provinciana» con opinión».
En esa línea de ideas escribí el 8 de noviembre que los propios publicistas o asesores de imagen del entonces candidato ílvaro Colom pareciera que consideraban que a los críticos de la esposa del ahora presidente electo les asistía la razón, porque aceptaban colocar en segundo plano a doña Sandra, cual si ella fuese un factor de debilidad en la estrategia electoral, cuando que, realmente, era un elemento de fortaleza en los empeños de su marido de alcanzar la victoria.
No quiero pecar de jactancioso afirmando que como consecuencia de la publicación de ese artículo la esposa del ex candidato Colom recuperó su protagonismo público; pero a partir de entonces ella participó más abiertamente en las actividades de proselitismo electoral de la UNE, como le correspondía a una mujer que no está destinada a quedarse aplicando recetas de cocina ni a zurcir los desgastados calcetines de su cónyuge.
Como el presidente electo lo declaró en extensa entrevista a La Hora el pasado lunes 7, «Sandra es más (será) que una primera dama, es una persona entregada al país, a la gente pobre». Y allí, precisamente, está el ajo, los pobres serán prioridad del futuro gobierno, si nos atenemos a las palabras de los esposos Colom-Torres.
(Una segunda dama feminista le comenta a Romualdo Kolón: ¿Sabés en que se parece un hombre a un columpio? ¿No? Pues que al principio divierte, pero después marea).