No siempre se puede tener la dicha de compartir la vida con personalidades extraordinarias. Tener la oportunidad de tal cosa, es verdaderamente una fortuna, un don y algo que agradecerle al destino. Así pienso cuando recuerdo la figura de René Poitevain y la inmensa alegría que significó para mí estar a la par de una persona con dotes superiores.
Aunque desde hacía mucho tiempo sabía quién era el doctor Poitevain y le seguía la pista desde sus años en FLACSO, no fue sino hasta el año 2004 que tuve la oportunidad de conocerlo más. í‰l era el flamante vicerrector académico de la Universidad Rafael Landívar y trabajaba desde algún tiempo en proyectos para elevar el nivel académico de la Universidad y en planes revolucionarios para hacer de ese centro de estudios algo extraordinario.
Don Poite (como se le decía de manera informal) era de esas figuras que ocultaba en su sencillez su talante de académico con una formación realmente brillante. Nada en él era arrogancia y su trato más bien era cordial. Hablaba de manera directa, pausada, pero segura. No pareciera que hubiera dudas en sus planteamientos aunque dejara hablar y que el interlocutor expusiera opiniones contrarias.
El doctor Poitevain tenía claro lo que quería y no se dejaba sorprender por ideas esnob o planteamientos aparentemente bien armados y convincentes. Sabía decir que no y explicaba sus decisiones. Tampoco se dejaba persuadir fácilmente por argumentos relativos a la experiencia, status o títulos rimbombantes. í‰l siempre quería explicaciones, argumentos válidos que convencieran a la razón y fueran ejecutables para el mejoramiento de sus proyectos.
Aún con su bondad, que tenía poco que ver con el cristianismo porque creo que era un tema que evitaba, solía ser firme en sus resoluciones. No representaba la figura de quien dudara de sus decisiones o dejara en la oscilación a quienes estaban con él. Con don Poite se sabía cuál era la senda a seguir y dirigía sus acciones hacia la consecución de las metas. Por eso sabía ser exigente con los resultados que pedía, le gustaba pedir fechas de entrega y no toleraba mucho los retrasos, pero todo con una amabilidad y una caridad excepcional.
En la Universidad Landívar, en sus últimos tiempos como vicerrector académico, impulsó la actualización pedagógica de los profesores. Solía invitar a académicos de cualquier parte del mundo para que los profesores pudieran «aggiornarse» y así sus conocimientos no se vieran anquilosados mientras el mundo cambiaba a grandes pasos. í‰l disfrutaba de esa mesa del conocimiento y procuraba no perderse esos momentos.
Pocas cosas pueden ser mejores que haber tenido la dicha de la amistad con personas extraordinarias. Don Poite deja un vacío enorme en su familia, en la sociedad y, también, entre los que disfrutaron de su amistad. Por eso es justo repetir lo que muchos han dicho: «Lo vamos a extrañar mucho».