He querido escribir unas pequeñas líneas en memoria de mi abuelo «Miguel Paredes», conocido en la Ciudad de la Antigua Guatemala como «don Miguelito», quien acaba de fallecer el día sábado 12 de enero de este año. Y me he decidido a escribir de él, no por el vínculo familiar, sino porque fue un gran hombre, que tenía muchas virtudes dignas de imitar, él fue un hombre sincero, buen amigo, leal, honrado, trabajador, etc., en resumidas palabras un hombre con una calidad humana digna de imitar.
«Don Miguelito» como cariñosamente le llamaban en la Antigua y sus aldeas, fue un hombre al que siempre recordaré trabajando, y llegó a sus 93 años «trabajando». Era un viejito de esos que tenían una rutina establecida, la cual el primer obligado a respetarla era él. Se levantaba todos los días a la misma hora y se dirigía a su trabajo: su farmacia. La empresa en la que trabajo y por la que trabajó más de 50 años, desde la cual generó empleo para muchas familias. í‰l siempre decía que iba dejar de trabajar cuando muriera, y así fue. Que buen ejemplo para aquellos que ya están cansados de trabajar y no tienen ni los 80 años… Desde esta farmacia «Roca» que tenía el apellido su tío, a parte de vender medicina, en silencio hacia una labor social por todos reconocida en aquella localidad. Y es que a pesar de no haber podido estudiar, más que hasta sexto primaria, a través de los años aprendió qué recetar para curar aquellas pequeñas enfermedades que podían aliviarse, no sólo con remedios que él mismo preparaba sino que también con medicina de la que ofrecen distintas casas farmacéuticas. Recuerdo que no había día en que en esa farmacia no llegara una persona a preguntar por don Miguelito para que le recetara alguna medicina. La farmacia abierta implicaba necesariamente su presencia. Por lo regular las personas que le buscaban eran de muy escasos recursos, a quienes en forma desinteresada atendía sin cobrar suma alguna, por ello no faltó quien dijera en la Antigua en estos tristes días que se había muerto «el médico de los pobres», don Miguelito curó y proporcionó medicina a miles de personas, desde niños hasta ancianos, hombres, mujeres, con o sin recursos eran atendidos por igual. Recuerdo que era común la frase: «?vengo con usted, porque lo que me recetó el médico no me cura?», no me dejarán mentir quienes le conocieron, que así era. Estoy seguro que más de algún visitador médico (de los muchos que le conocieron), recordará anécdotas que reflejan lo que ahora escribo. La solidaridad de este hombre y su entrega al servicio de los demás son dos de los valores que quiero resaltar, ya que hoy en día en un mundo tan egoísta es difícil encontrar personas de este calibre, y personas como él nos llevan a formularnos la siguiente interrogante: ¿Qué estoy haciendo hoy en día yo por los demás?