Cuando la maestra desplegó el polvoriento mapa, Juanito pudo ver un grupo de pequeños países pintados de diversos colores que representaban a la América Central. ígil de mente no tuvo ningún problema en aprenderse los seis países que se encontraban al sur de México, aunque confundía las capitales: Tegucigalpa, Managua, San José. Hacía mucho calor y en su imaginación se sumergía en las frescas olas del Mediterráneo en el que nadaba todas las tardes luego de clases. Juanito habría de recordar siempre ese primer mensaje del destino, ese primer contacto con ese país de nombre extraño, Guatemala, que aparecía pintado de color verde pálido y que por los azares del destino habría de ser su hogar. A sus 10 años no se recordaba nada de su natal Lérida, Cataluña, y de Cuenca guardaba solo dos recuerdos muy marcados aunque envueltos ambos en una misteriosa neblina: recordaba a su madre quieta, como dormida acostada en medio de la sala y mucha gente reunida que le acariciaba el pelo o le daba cariñosas cachetadas pronunciando en todo caso palabras que a sus 4 años no podía comprender. Desde entonces no volvió a ver a su madre. Para Juanito la madre no fue sólo un recuerdo por una parte tierno y a la vez muy doloroso; la madre fue una ausencia permanente que respiraba con las primeras luces todos los días y lloraba en silencio todos los atardeceres. También evocaba de Cuenca unas casas fantásticas que colgaban de la montaña, casi las veía en su mente pero no estaba seguro si las había visto o las había construido con retazos de los cuentos que en ocasiones su padre le narraba. Juanito dejó de ser niño antes de tiempo. Cuando crecía en razón tuvo que asimilar la incomprensible realidad de la Guerra Civil española que lo sorprendió de apenas 9 años. Pasó hambre y miedo; tuvo que hacer colas para obtener mendrugos de pan y tuvo que esconderse de los ataques armados. Los años de la posguerra no fueron mejores. Acompañó a su padre, sargento de la Guardia Civil, por las distintas regiones de España; de Cataluña a Galicia, de Extremadura a La Mancha, finalmente anclaron en Andalucía. Primero en Torremolinos un pequeño pueblo de pescadores que respiraba por el Sur la brisa salada del mare nostrum y del Norte le llegaban los aires tibios impregnados de azahares y olivares. Luego se trasladaron al cercano poblado de Casares en donde alguien le esperaba, alguien que habría de acompañarlo por el resto de sus días. Allí la conoció caminando por la acera opuesta y desde el momento que la vio se dijo: «Esa mujer va a partir el pan de mis hijos». Fue otra señal del destino. Mientras tanto hizo el servicio militar en la Escuela del Aire. Se iba haciendo piloto aviador y concluido el servicio se disponía a enrolarse en una línea comercial hasta que un grupo de compañeros planificó un viaje a Tánger. A pesar de la insistencia de sus compañeros Juan tuvo que quedarse por padecer de una fuerte gripe. No volvió a ver a sus amigos, el avión se había estrellado. Juan volvió a sentir el llamado del destino y dejó la aviación. A sus 23 años tenía un hogar con aquella niña de Casares y tuvo que buscarse un trabajo. Torremolinos ya se empezaba a perfilar como un gran centro turístico y le ofrecieron el puesto de administrador nocturno del Hotel Santa Clara. Allí quedaban sus planes hasta que un tío de María Paz, su esposa, les habló de Guatemala, ese país misterioso que aparecía en verde en el mapa. (Continúa).