Elvira y Sol fueron víctimas de violación sexual. Un suceso trágico. El maltrato que sufrieron fue verdaderamente terrible y las secuelas, ni se diga. No se sabe exactamente qué les sucedió después del abuso. Si recibieron atención de primera mano, si fueron llevadas a urgencias o si estaban preparadas con profilácticos. No se sabe.
jestrada@lahora.com.gt
Lo que sí se sabe, es que tuvieron algún tipo de apoyo moral. Su padre, como debe ser, las protegió y aunque descartó por completo la venganza contra los victimarios, sí acudió ante la justicia para cumplir con los procedimientos de ley.
Luego, tras resolver los problemas con la justicia, pasó el tiempo y las dos víctimas tuvieron la oportunidad de rehacer sus vidas y encontrar a personas que realmente las apreciaron, con quienes después se casaron.
Esa es la historia de las hijas de Rodrigo Díaz de Vivar, recopilada en el Cantar del mío Cid, la primera obra de la literatura castellana de la que se tiene evidencia hasta ahora, y que es altamente reconocida por su valor histórico y literario.
Leer la obra es interesante porque narra la historia de un héroe que defendía su tierra contra los invasores y a la vez mantenía en alto sus principios y valores, pero lo que personalmente más me llama la atención del texto es el amor y respeto que el protagonista expresa hacia sus hijas y el sistema de justicia de la época (entre 1000 y 1100, aproximadamente).
Lejos de despreciar a sus hijas, víctimas de abuso –como sucede en la actualidad en algunos casos–, el Cid las resguardó y buscó que la justicia se hiciera cargo del caso, aunque bien podía haber “hecho justicia con su propia mano” contra los infantes de Carrión, quienes cometieron la violación en Corpes.
A pesar de la época en que se desarrolla la historia, Rodrigo Díaz siempre procuró el bienestar de sus hijas, algo que en la actualidad no siempre ocurre con las niñas y adolescentes que son víctimas de abusos, y que lejos de encontrar consuelo en su familia, solo reciben desprecio e intolerancia.
El problema de las violaciones es espeluznante desde cualquier punto de vista, y es por eso que muchas veces los casos llegan a los medios de comunicación para acaparar titulares. ¿Y qué pasa después? Poco se sabe de la atención médica que reciben las víctimas, el apoyo que deberían encontrar en su familia y el trato que les da la sociedad en su búsqueda de justicia.
En algunos casos, después de la violación viene otra violación; esto sucede cuando se les niega la asistencia sanitaria a las víctimas y en su entorno se les discrimina y humilla, incluyendo a sus familias o amigos, lo que les aleja de encontrar la justicia en sus casos.
¿Están preparados los centros de salud de Petén para atender a las víctimas de violación? ¿Hay asistencia psicológica disponible en Suchitepéquez para las personas que sufrieron abusos? ¿Hay en Izabal algún tipo de información para que los familiares ayuden a las víctimas a superar los traumas y hacer justicia?
Podemos rechazar las violaciones sexuales, pero también debemos condenar al sistema de salud que viola los derechos de las víctimas y no les garantiza la asistencia inmediata; al sistema de justicia, que no asegura procesos justos, y al sistema social patriarcal y machista, que discrimina a quienes han sufrido abusos y les revictimiza.
La sociedad también es violadora.