Está visto que los narcos tienen gustos exóticos, acumulan tanto dinero que no encuentran la manera de gastárselo: autos de lujo, celulares bañados en oro, aviones cómodos, casas colosales y muchas cosas más inimaginables. Viven la vida con intensidad, tienen existencias presurosas y limitadas por lo que les urge vivir al máximo cada segundo. Son fáciles de identificar por la exageración con que se conducen y la prodigalidad que esparcen por donde pasan.
En México hace muchos años, cuando era soltero y feliz (perdón por la redundancia), me tocó una experiencia que corrobora lo fácil que es saber quién se dedica a los negocios de los que escribo. Llegué a uno de esos lugares en donde hay damas siempre prestas a servir de compañía a sujetos solos y abandonados -ese era mi caso al menos- y me encontré con un sujeto lleno de cadenas de oro por el cuello y como con cinco mujeres a su alrededor. Lo acariciaban, lo besaban y todas sonreían contentas de ser objeto de predilección de un sujeto a todas luces poco agraciado por la dicha celeste (estéticamente hablando, por supuesto). Se notaba que era el rey de esa cueva porque todas las atenciones estaban dirigidas casi con exclusividad hacia él.
Sobre la generosidad de sus vidas es mucho más evidente y los periódicos han testimoniado sus dádivas. Construyen hospitales, invierten en escuelas, proyectan soluciones habitacionales y hasta ofrecen el diezmo en las iglesias. Ni los curas ni los pastores se han escapado de esa mano amiga que interpretan como venida de Dios. Así, los curas y pastores sin apenas indagar, han podido construir «ciudades de Dios» y centros de beneficencia para los excluidos de la sociedad.
Y es que no se puede negar que en medio de tanta pobreza, recibir cheques generosos siempre es un milagro. Yo mismo lo experimenté cuando al administrar una iglesia (hace muchos años), al menos una vez al mes recibía un documento cargado de ceros. Es el diezmo de un «pecora buena», me decía y, huelga decir que nunca pensé (sea por la ingenuidad de mis años mozos o por conveniencia disimiladamente oculta) que podría provenir del dinero sucio o del «popó» del Diablo como decía Santa Teresa. Esto prueba que algunos narcos parecen también tener corazoncito y comparten cuando pueden sus abultadas ganancias.
Entre las excentricidades de los muchachos dedicados al negocio de la droga está también su pasión por los «narcocorridos», la carrera de caballos y la compra de cualquier cosa que les venda «ebay». Con tanta avidez por lo snob no sería raro que un día se interesen también por la «narcoteología»: la revisión de las escrituras para fundamentar teológicamente el oficio. Se trataría de una nueva exégesis que demuestre que el principal consumidor de los estupefacientes ha sido el creador y que es tan adicto y apasionado por el polvo que decidió un día compartirlo con sus hijos.
A eso se le podría agregar nuevas celebraciones litúrgicas, narcoalabanzas (cantos religiosos dedicados al Dios del Siglo XXI) y originales simbologías cristianas posmodernas. Si de originalidad se trata, los narcos se catapultarían a la gloria, ya no habría necesidad de ninguna teología de la liberación y harían resurgir nuevos Gutiérrez y Boff, con un enfoque siempre muy latinoamericano.