Cuando vi el trasfondo de la condena proferida contra el señor Ricardo Méndez me asusté por dos razones: porque no sabía o al menos nadie me había enterado que el Procurador de Derechos Humanos en Guatemala tenía la facultad de condenar, sin haber oído ni vencido en juicio a quien haya querido hacer uso de su derecho a la libre emisión de su pensamiento. Que todo un procurador de esa rama pasara sobre los mismos principios que sustentan su cargo, fue para mí como un tremendo cañonazo.
No lo podía creer. No podía pasar por mi mente que una persona ya fuera columnista, vendedor ambulante o despachador de tienda en Guatemala no tenga el derecho de pensar como mejor se le antoje sobre lo que hagan o digan otras personas, especialmente cuando el comunicador seguramente tiene suficientes razones para argumentar como mejor le plazca y si no las tiene, será cuestión de dilucidarlo de cualquier otra manera, pero no de la forma como se hizo.
Si don Ricardo Méndez se expresó de manera inadecuada, bien puede ameritar seguir un proceso de la forma o categoría que más se ajuste a derecho. Pero eso es otra cosa. Algo totalmente diferente y que el señor Procurador sabe de sobra, como abogado que es y por el cargo que desempeña la correcta manera de actuar en legítimo apego al derecho. Pero de eso, a que el Procurador de los Derechos Humanos se disponga a enjuiciar y luego condenar moralmente a alguien, sin darle la menor posibilidad de defensa, es algo que solo lo puedo calificar como que se le fue la mano, para decirlo de la mejor manera posible.
Como hace rato me pega el sol puedo asegurarle al señor Procurador que he leído, me he enterado y visto cosas mucho más graves de las partes en disputa. Porque no se puede ocultar que en todo esto subyace una pasión política en los tres bandos. Los colorados que dicen que los blancos son los responsables del holocausto vivido y los blancos que dicen y aseguran que son los colorados los responsables de todo lo malo que nos ha venido pasando desde hace muchos años en Guatemala y en cuanto al tercer bando, a este corresponden quienes pretenden quedar bien con Dios y con el diablo.
Aseguro que el Procurador de los Derechos Humanos no puede dejarse llevar por simpatías, favoritismos ideológicos, mucho menos por las pasiones políticas que han movido a una insurgencia violenta y a la defensa consecuentemente generada, lo que ha producido tremendas heridas a nuestro país. Lo anterior es producto de un criterio formado a través de la experiencia de tantos años vividos. No, no me contaron esos hechos, como tampoco las consecuencias que todavía estamos padeciendo. De ahí la importante madurez y mesura requerida al Procurador en sus actos públicos.