Discriminan a trabajadores por razones de edad y…


En paí­ses como nuestra Guatemala, caminantes en los cauces del sistema «democrático» y con los toscos y pesados caites del subdesarrollo en pleno siglo XXI, se están cometiendo tamañas arbitrariedades e injusticias contra hombres y mujeres que constituyen parte de la llamada fuerza laboral.

Marco Tulio Trejo Paiz

En efecto, los trabajadores y trabajadoras de las diferentes ramas de la vida activa y productiva de dichos paí­ses están siendo discriminados por razones de edad, de raza, de ideologí­a, de militancia polí­tica, de condición fí­sica, de nacionalidad e, incluso, de religión, en casi todos los entes industriales, comerciales, agrí­colas, bancarios y, aún, en los estatales. ¡Qué barbaridad de barbaridades! ¡Condenable e imperdonable lo que está ocurriendo!

En el oficialismo hay excepciones en cuanto a esa clase de discriminación, pues se pone en verde el semáforo para que participen en la pepena al despanzurrar la piñata los amigos, amiguetes, amigas y amiguitas…, los parientes, los compadres, los compañeros de tenebrosas rutas, entre otros y otras que en una forma u otra han hecho la ¡upa! en las alegres y alharaquientas rondas electorales (o electoreras) para que se trepen a lo alto del palacio verde-esperanza los personajes que, demagógicamente, ofrecen ¡sacrificarse por la patria y por el pueee?blo!, tan pronto como hayan ocupado las muy codiciadas jugosas posiciones de la frondosa burocracia.

A las personas -venerables desconocidas, no del redil- mayores de 30 años, que solicitan empleo, les dan portazos en trompas y narices, como suele decirse entre el vulgo chapí­n. Para los empleadores, esas personas ya son simple «chatarra»; ya son unos pobres carcamales dignos de vivir hasta morir en los eriales de la cesantí­a.

Como que para esa gente de poderí­o económico y burocrático la Constitución de la República y las leyes laborales, revAestidas de constitucionalidad, no son más que papel mojado que deberí­a irse, piadosamente, como quien dice, al cesto de la basura.

En la pasada contienda comicial de tantos ruidos, chirridos y chillidos; de tantas promesas de frescos demagogos, nadie, realmente nadie, habló de deducir responsabilidades legales a los empresarios y demás empleadores de los sectores público y privado que pisotean los legí­timos derechos de las personas que han rebasado la edad de 30 años.

En otros paí­ses en ví­as de desarrollo, ya no digamos en pleno desarrollo, donde se ha alcanzado buen nivel de justicia social, de cultura y de respeto a la ley en el campo democrático (así­, sin comillas), no se dan casos de discriminación -como los de referencia- contra los trabajadores y trabajadoras de las diversas profesiones; antes bien, aun a la gente que ha rebasado la «barrera del sonido»; es decir, los 30, 40, 50, 60, 70, 80 o más años, le dan oportunidad de trabajar en posiciones acordes con sus aptitudes o capacidades aprovechando las experiencias y los conocimientos acumulados a lo largo de toda una vida en actividad.

En los Estados Unidos de América, en la República de China (Taiwán), en Israel, en Japón, en Corea y? para qué traer a colación otras naciones, hay muchas personas añosas, no relegadas por la edad, prestando meritorios servicios en entes gubernamentales y privados, pero lo que es aquí­, aquí­ en este anarquizado patio centroamericano, los señores con gorda obligación de administrar pronta y eficaz justicia social, nada dicen ni hacen para frenar las constantes y flagrantes violaciones a los preceptos constitucionales y legales propiamente dichos que, al menos en su letra muerta, «protegen» (sobre todo en la angustiosa situación de crisis que empeora cada dí­a) a quienes dependen del indispensable como dignificante salario vital.

Hora es ya, -y ya se hizo demasiado tarde-, señores del empresariado privado y del gobierno; en particular de las autoridades del ramo laboral, de evitar que se siga menospreciando y prescindiendo de los servicios de los guatemaltecos que tienen edades arriba de los 30 años, porque eso puede dar motivos para provocar estallidos sociales que nadie estará deseando, pero sí­ muchos avestruces, con la cabeza metida en la arena y con el corpanchón de fuera, los estarán propiciando temerariamente con sus arbitrariedades e injusticias por demás antidemocráticas.

¿Lo habrán pensado o previsto, señores del jurado?