Ahora ha sido el mismo presidente Otto Pérez Molina quien dio a conocer públicamente lo que no ha sido un misterio, ni nada que se le parezca, en el sentido de que dirigentes de partidos políticos cuyos nombres no identificó, sobornan a diputados de otras agrupaciones para que pasen a engrosar las bancadas de los primeros.
Esa compra venta de voluntades políticas no es alguna novedad, puesto que desde hace décadas el llamado transfuguismo ha caracterizado al Congreso, aunque no había llegado a los extremos actuales en los que algunos diputados han figurado en tres distintos bloques legislativos en menos de un año, lo que no viene sino a confirmar lo que siempre se ha dicho, murmurado, comentado o analizado, respecto a la falta de consistencia ideológica de los llamados legisladores, como si éstos y los partidos que los postularon y a los que se trasladaron se caracterizaran por sustentar plataformas doctrinarias que los distinguieran de las demás organizaciones de la misma naturaleza, que se fundamentan en sus intereses puramente mercantiles, alineados en la derecha neoliberal que ha dominado al Estado inveteradamente.
Sin embargo, esa práctica de acomodarse en cualquier partido de parte de numerosos parlamentarios no es la única faceta del clima de corrupción que priva en el Parlamento; pero tampoco los únicos culpables de cuantas maniobras malévolas de enriquecimiento ilícito privan en ese organismo, sino que se extiende a las cúpulas o los individuos que controlan a los partidos, los empresarios que financian campañas electorales y los mismos guatemaltecos que con su voto y voluntariamente deciden al político que se presume los representa en el Congreso.
Para citar un caso muy conocido, les preguntaría a habitantes del departamento de Quetzaltenango mayores de edad, debidamente inscritos en el padrón electoral y con el pleno uso de sus facultades racionales, si alguien les retorció el brazo o los amenazó con pistola en mano, para que votaran cada cuatro años por el diputado Leonel Soto Arango. O sencilla y simplemente se acercaron al sitio de votación que les correspondía, tomaron las papeletas en las que estaban los nombres de los aspirantes a representar a ese registro electoral y marcaron en secreto y sin coacción alguna el listado donde se incluía el nombre de ese político.
Similar pregunta podría repetirse en el caso de los hermanos Arévalo, en Totonicapán, del diputado Mario Rivera en Quiché y de muchos otros legisladores y electores de variados departamentos de la República, incluyendo a ciudadanos del distrito central; pero que, como el resto de los compatriotas de indistintas localidades, expresan insultos y hasta maldiciones contra sus representantes, en reuniones privadas, sin recapacitar que fueron ellos mimos los que con sus votos avalaron las previsibles o ya conocidas conductas de los políticos que son capaces de cualquier infamia con tal de lograr sus ocultos propósitos.
Parecidos argumentos, también, podrían argüirse en lo que atañe a alcaldes que llevan lustros en el cargo. Son muy bien conocidos por sus vecinos, saben de los negocios que hacen con las arcas municipales, de su falta de escrúpulos; pero cada cuatro años vuelven a votar por ellos.
Políticos y electores guardan el mismo sarcófago.
(En Facebook un hombre escribe: -Hola, Quiero conocerte. Tengo 40 años de edad, 10 años de ser diputado. Soy íntegro y muy honorable. La mujer responde: -Encantada, tengo 30 años de edad, soy prostituta desde hace 10 años, soy virgen y de buena reputación).