DINÁMICA DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA


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Un poeta mexicano, contó en una feria del libro que, para él, fue un gran honor ser nombrado Director de la Tipografía Nacional. Después de las formalidades de toma de posesión y las respectivas felicitaciones, llegó a su despacho el jefe de talleres para felicitarlo y a la vez, para pedirle con carácter de urgencia, la compra de un tipómetro.

Mario Gilberto González R.

Excuse mi desconocimiento –le dije- explíqueme ¿qué es un  tipómetro?
“Es una reglita pequeña  -me respondió- que puede ser de metal o de otro material,  con dos graduaciones. Una en puntos y la otra en centímetros  y milímetros. Según el tipo de letra que se vaya a usar en la confección de cualquier trabajo,  se calcula la cantidad de papel que se necesita. Tenemos trabajo atrasado por falta de esa reglita”, dijo.

Muy ufano llamé a la secretaria para dictar mi primera orden. Compre de inmediato el tipómetro y se lo entrega directamente al jefe de talles, dije con autoridad. No es así de fácil, señor Director –aclaró mi secretaria- Primero debemos de saber si el almacén tiene en existencia. Hágalo de inmediato, ordené.

A poco tiempo, me pasó para firma, un formulario en un original y ocho copias. Sorprendido inquirí. ¿Y para saber si el almacén tiene un tipómetro o una regla pequeña de poco valor económico, hay que llenar y firmar tantos papeles?

-Esas son las disposiciones-  señor Director. Así que con la mejor elegancia posible, estampé mi primera  firma oficial, que se ocultó, en parte,  por un sello.
Todos los días a primera hora, me preguntaba el jefe de talleres, si teníamos respuesta del almacén. Ante mi negativa, se reflejaba en su rostro el desaliento. Veinte días después de haber hecho la consulta, Almacén respondió que no tenía en existencia un tipómetro.

Ordené de nuevo a mi secretaria que lo comprara de inmediato. No es posible hacerlo como usted lo ordena –me respondió-. Para cumplir con las disposiciones tenemos que realizar una cotización para saber quién lo vende más barato.
Un poco alterado de ánimo, ordené: hágalo. Llegamos a final del mes y quince días más del otro mes, sin resolver la adquisición de un medio de trabajo indispensable. Ante la visita diaria, a primera hora del día del jefe de talleres y ante la vergüenza de mi ostentoso cargo y la imposibilidad de comprarle su tipómetro, no me quedó otro camino que –en lugar de volver a firmar otro requerimiento, en un original y ocho copias-   ese mismo día, en una hoja simple, presenté mi renuncia irrevocable del pomposo cargo de Director de la Tipografía Nacional.

Al momento que refiero la petición del tipómetro, desconozco si por fin se compró o a estas alturas, aun  se tienen que cumplir con otras exigencias administrativas para lograrlo. Gabriel García Márquez, premio Nóbel de Literatura –recientemente fallecido- relata en forma magistral, la dinámica de la administración pública en su libro “El Coronel no tiene quien le escriba”.

El Coronel hizo valer su aporte y estrategia militar, como veterano de la “Guerra de los Mil Días”, para reforzar y justificar la demanda y goce de una jubilación decorosa. Con su mujer vivía en una casa humilde y cada viernes, estaba a la espera  de la lancha que traía la correspondencia. De inmediato iba a la oficina de correos en procura de la carta que autorizaba su jubilación. Y solo con el gesto del cartero, sabía que la tan ansiada carta de jubilación, no había llegado. La mujer enfermó  y él entró en una depresión  que iba en aumento al tener que vender los objetos personales que formaban su haber. Se llegó al extremo de quedarse con lo indispensable, sin ningún valor comercial.

Después de quince años de ir todos los viernes, con un escaso rescoldo de esperanza para procurar la tan ansiada carta que no llegó, al volver a casa, la mujer le reclamó que el fogón estaba apagado, la despensa estaba vacía, que el chingaste o borra de café, tantas veces exprimido, no tenía sabor ni color y en un gesto de desesperación le preguntó “¿qué vamos a comer hoy…?” y la única respuesta que tuvo el coronel fue decirle: “mierda”. 

Argumentos como éste, hay muchos que contar de la dinámica de la administración pública. Altagracia Lantigua, ilustre periodista y escritora, me contó que cuando vivió en el extranjero, tuvo que presentar un  documento que comprobara que  no gozaba de ningún beneficio del Estado en cuanto a pensión o jubilación. Consideró que el tiempo que le dieron de plazo para presentarlo era excesivo, porque lo iba a obtener de inmediato ya que en un par de renglones quedaba expresado, que no era  meritoria de ese beneficio.

¡Qué desencanto! Pues de inmediato empezó a padecer el calvario, de los efectos de la burocracia estatal. Al presentar la solicitud, saltó de inmediato la negativa, por no ser costumbre extender ese tipo de constancia. No valió ninguna justificación. Habló con el jefe quien de tanto insistir el  motivo, por qué la solicitaba, accedió. Había transcurrido una semana. En ventanilla le extendieron un comprobante que sería entregada en diez días hábiles.

Pero verbalmente le advirtieron que si tenían mucha carga de trabajo, el tiempo podía excederse, como en efecto fue. Y como el Coronel, todos los días iba a reclamar la Constancia. Cuarenta y seis días después de solicitarla, se la entregaron, a tragos y rempujones como dirían las abuelas.
Eso no sucede en mi país –le dije con orgullo- . Se tiró una sonora carcajada y me advirtió: haga la prueba y después me cuenta. Usted cree que su país es el de doña Alicia.

Chalío, mi amigo el callenchero, asentó la advertencia con una risa burlona. Con la que me quiso decir: “eres un ingenuo.”
Comparto el razonamiento de Altagracia Lantigua, que los funcionarios y empleados públicos, se olvidan de que ocupan esos cargos por las mentiras dichas en campaña electoral de “que las puertas de mi despacho estarán abiertas para todos”. Cuando se hace la autopsia de las frases bonitas que se dijeron en campaña, se descubre el engaño. Porque lo primero que hacen es atrancar las puertas.

De inmediato se tornan prepotentes, soberbios e indiferentes a las necesidades de la población a quienes deben de servir con rapidez y diligencia. Preparan a las Secretarias con una lista negra de las personas a quienes no desean recibir y las instruyen con más de noventa expresiones para quien se presente a la oficina y llame por teléfono, se le diga con elegancia que el jefe está sumamente ocupado, atiende una llamada telefónica  de la superioridad, está en una reunión de urgencia o que ha salido a una diligencia privada.

Luciano Albini –cuando fue Patriarca de Venecia- comentaba con autoridad al Abad de Claraval,   ese comportamiento descrito en el libro “Vuela Pichón” Héctor Inchásutigue Cabral, asienta con veracidad que “quien cambia con el cambio, es porque no estaba preparado para el cambio.”

Funcionarios y empleados, olvidan también que, el jugoso salario sale del sudor del trabajador honrado y laborioso que, merece mejor trato cuando tiene que requerir los servicios de la administración pública.

Los hermanos dominicanos son muy graciosos y a la vez cáusticos, para decir las verdades sin decirlas. En una importante avenida, se levanta un edificio de doce niveles. En él funcionan varias oficinas gubernamentales. Si usted pregunta por ese nombre, nadie le da razón. Pero si pregunta por el Huacal, le dan la dirección exacta y las indicaciones necesarias para llegar sin extraviarse.

Sucede que a ese edificio van a laborar, personas que ayudaron al gobierno de turno con  ondear por las calles la bandera de su partido; a pegar propaganda en postes, paredes y todo sitio disponible;  asistir a los mítines donde el candidato ofrece cambiar el país de tanto daño ocasionado por anteriores administraciones y  desaparezcan todas las calamidades que otros dejaron. Son personas con escasa formación académica. Esa falta de preparación las hace personas vacías. Los empleados de ese edificio son conocidos como “botellas” y el recipiente donde se colocan las botellas vacías, se llama huacal. Cáustico ¿verdad? y pensar que Huacales los hay en varios países.

En la Tipografía Nacional, puse en venta los excedentes de los libros impresos. Para comprarlos había que llenar cinco pasos. Hubo quien en el tercer paso se retiró, porque habían transcurrido cuarenta y cinco minutos y aun faltaban dos pasos más para adquirir un libro.

Un rico hacendado era dueño de un semental activo y eficaz. Vaca vista, cumplía con su misión y la dejaba preñada. Los dueños de las demás fincas, estaban inconformes por el alto costo que cobraba el hacendado por los servicios de su semental. Supieron que el alcalde tenía pretensiones de reelegirse por su insuperable labor en el cargo. Le propusieron que  para asegurarse la reelección, comprara el semental y ofreciera gratis sus servicios.

Otra idea no podía ser mejor para sus pretensiones. Así que compró el
Semental. Reunió a todos los finqueros en la plaza del pueblo y les ofreció sin costo alguno, los servicios del semental. Al día siguiente, llevaron sus vacas. El semental las olió y se echó a descansar. Pensaron que como eran vacas viejas, no lo estimulaban. Le llevaron vacas jovencitas, vírgenes y con ancas redonditas. El semental las olió y se volvió a echar. El reclamo de los finqueros se hizo de inmediato. El alcalde mandó a llamar al hacendado, le contó el comportamiento del semental y se atrevió a calificar la compra-venta, de estafa.
El hacendado fue donde el semental y le reclamó su comportamiento. A ti te obedecí y cumplí con mis deberes. No te defraudé –le respondió el semental- Lo volveré hacer cuando yo quiera. Ahora déjame tranquilo, porque soy un alto ejecutivo municipal.