Dignidad sobre ruedas. ¡Súbase!


pablo_siguenza

Para la persona que viaja en el transporte colectivo de la Ciudad de Guatemala y ha tenido necesidad de usar los buses verdes del Transmetro y también las camionetas pintadas de rojo, hay una clara evidencia de la diferencia abismal entre uno y otro servicio.

Pablo Sigüenza Ramírez


Se puede atestiguar a favor del servicio público municipal, ante juez si fuera necesario, que se ha logrado generar cultura del orden y respeto al momento de subir, bajar y movilizarse por el sistema de paradas. Con paradas bien establecidas se logra mayor certeza en el tiempo de desplazamiento de un punto a otro. Es cierto que en horas pico hay que tener paciencia pues la fila para el abordaje se vuelve lenta y larga, sin embargo hay siempre un vagón salvador que llega totalmente vacío para descongestionar la estación, incluso siendo esta intermedia.

Otro punto a favor del Transmetro es la amabilidad en el trato de los trabajadores del sistema a los usuarios y en especial a hombres y mujeres con capacidades diferentes, en silla de ruedas, personas mayores, madres con niños y niñas de brazos y mujeres embarazadas.

Por el contrario, cuando hablamos del transporte en las camionetas rojas, los vejámenes sufridos en la cotidianidad son violencia permanente a la integridad de los usuarios, vistos más como carga y mercancía que como ciudadanos y ciudadanas. Se producen cobros ilegales, ya no sólo por la noche, sino a cualquier hora del día exigiendo el pago de dos, cinco y hasta siete quetzales. El colmo fue este sábado cuando un bus proveniente de la zona 18 pretendió cobrarnos dos quetzales por pasajero siendo las diez de la mañana. “¿Es feriado o tu cumpleaños?” le preguntó uno de los pasajeros con indignación y cinismo al ayudante del chofer. Un robo total.

Las paradas de camioneta son un desorden total, obstruyendo con frecuencia el tráfico de más de un carril e incluso de intersecciones viales. La música que llevan los buses, se vuelve insultante en el contenido de las letras de las canciones y los altos volúmenes aturden a los pasajeros que se ven obligados a aguantar. Como guinda en el pastel están los gritos de los ayudantes, llamados brochas, que como letanía de rezado al niño de Belén, repiten hasta el fastidio frases como: “Córrase, córrase”, “atrás hay espacio”, “dos le vale”, “si no se corre no nos vamos”, “vivos los quiero señores”. Y pobre de aquel ciudadano que se atreva a alegar o se oponga al pago de los cobros indebidos, pues entonces se le acercan intimidantes los brochas que salen en pos de arrebatarle a través del miedo, el quetzalito que se atrevió a proteger como fruto digno de su trabajo. Otro tema grave son los testimonios femeninos que señalan acoso sexual permanente a bordo de los buses rojos.

Y es que en el fondo de esta disyuntiva entre usar el transporte público municipal o el transporte colectivo privado, está la posibilidad de recuperar la dignidad humana y el papel del Estado en el bienestar ciudadano. Se trata de buscar el buen vivir y el buen convivir. La principal queja hacia el Transmetro es la poca cobertura. Muchos usuarios de carro se transportarían en colectivo si el Transmetro hubiera extendido ya sus ramales a múltiples zonas de la ciudad. El subsidio que se le entrega inútilmente a los dueños de camionetas puede ser asignado al transporte público y así mejorar la cobertura y la calidad del servicio municipal.

Dejo escrita una sincera felicitación a cada persona que en cualquier camioneta se opone y alega contra los abusos y cobros ilegales de los camioneteros. Recuperemos la dignidad día a día y solidaricémonos con estas voces de resistencia.