Dicen que luchan contra el humo negro y… ¡nada!


¡Qué desgracia!, ¡qué infelicidad!… La atmósfera de la capital y de todos los demás lugares de la república está enrarecida. Muy contaminada. ¡Qué desgracia!, recalcamos.

Marco Tulio Trejo Paiz

Ese gran problema ambiental tiene una explicación que no admite discusión.

Es el humo negro del aceite diésel, que expulsan por los escapes los pesados vehí­culos que consumen dicho combustible, principalmente, el que provoca tanta contaminación en el aire que respiramos.

Los autobuses urbanos y extraurbanos, los camiones, los «trailers» -para expresarnos en inglés- expelen verdaderas nubes negras en calles y carreteras, al punto que impiden casi por completo la visibilidad a los conductores de otros «patas de hule» que van detrás de las «locomotoras», semejantes a las que tronaban en los complejos rieleros del ferrocarril que ahora está abandonado, como quien dice, en un cementerio…

El humo negro, como sabemos, genera cáncer pulmonar, mal que es incurable. Cobra gran número de ví­ctimas mortales. Muchas sufren terribles dolores y otras, más afortunadas que un ajusticiado?, pasan al mundo de las tinieblas sin mayor sufrimiento.

Es verdaderamente tóxico el apestoso y peligroso humo negro que absorbemos todos los dí­as por boca y nariz, por culpa de las autoridades que están pagadas con dineros del pueblo para normalizar el tránsito por calles y carreteras, especialmente con el propósito de no minar la salud de los humanos.

Todos los vehí­culos que circulan por millares y millares en el territorio nacional deben ser reparados en lo que respecta a los motores para que funcionen como Dios manda; de lo contrario estaremos eternamente como estamos?

Pone en mal predicamento a las autoridades respectivas el hecho de que prohí­ben (¡huy, qué miedo!, dice con sorna Juan Pueblo) la circulación de los pesados o repesados armatostes como los ya mencionados, pues, no obstante, los empresarios que explotan a las mil maravillas esa lí­nea de actividad mercantil (muchos de ellos subsidiados multimillonariamente por el gamonal papá Estado) suelen hacer visajes burlescos como en la mera «féis» de los burócratas que viven disponiendo esto, lo otro y lo otro sin siquiera preocuparse de que sean acatadas sus brillantes disposiciones…

En nuestro alegre valle de lágrimas, por ejemplo, zumban por todos lados, a toda hora, miles y miles de camionetas, camiones y demás transportes en condiciones de evidente deterioro que afecta a su funcionamiento, incluso produce incomodidades a la gente de modestos estratos sociales que con franciscana paciencia tiene que soportar el pésimo servicio de locomoción. ¡Y «quiotra»!, dirí­a la pobre Marí­a del Juancho.

Se comprueba claramente que las medidas adoptadas por las autoridades de tránsito, por cierto no siempre no muy atinadas, no muy inteligentes ni acordes con las realidades que se observan en la red vial del paí­s, quedan reducidas, en algunos o en muchos de sus preceptos, a simple letra bien muerta. ¡Desventuradamente!

Hay otros problemas en toda la red vial de los centros urbanos y rurales de la geografí­a de este turbulento jirón de la patria centroamericana que la autoridad constituida debe atender efectivamente con eficiencia y sobre la marcha, pero estamos centrando nuestro comentario de hoy respecto del pandemónium que nos presenta el tránsito en las calles citadinas y en las carreteras.

La toxicidad del «medioambiente», como dicen los sabios ambientalistas, ha causado y sigue causando justificado malestar en el seno de la sociedad, por lo que debe frenarse de una vez por todas tan difí­cil situación atentatoria contra la salud de los seres humanos, no importa que se proceda con drasticidad, así­ relampaguee y truene?