Dí­as extremos


Hoy parece estar de moda lo «extremo». Si vemos televisión de repente se habla de «animales extremos», hay «deportes extremos» y, de plano, «trabajos extremos». En nuestros dí­as o se vive en los extremos o no se vive. Lejos quedaron los dí­as en que Aristóteles hablaba del «justo medio» como hábito a cultivar para una vida virtuosa.

Eduardo Blandón

No lo neguemos, es cierto que hay «trabajos extremos». ¿O no es cierto, por ejemplo, que ser periodista es un «trabajo extremo»? Hay trabajos de esa naturaleza: el de los bomberos, los que limpian ventanas o pintan paredes en los edificios altos y, uno entre todos «extremí­simo», ser polí­tico.

Para ser polí­tico se necesita ser «animal» (en el mejor sentido de la palabra). No se ofendan amigos del Congreso, los del Ejecutivo o los que andan en campaña. Aristóteles decí­a que eso de la polí­tica le salí­a natural al ser humano porque era propio de ellos el ser «zoon politikón», es decir «animales polí­ticos». Claro está que si todos compartimos la animalidad, quienes son más animales (porque lo ejercitan a diario) son los polí­ticos.

El oficio de polí­tico es extremo porque se trata de la lucha de poder entre animales y ya sabe usted como son las bestias. Estos actúan por instinto, son irracionales y responden a estí­mulos. ¿Cree usted que uno de estos animalejos responderá racionalmente si alguien le intenta quitar su alimento? Pruebe quitarle el hueso a un perro y me cuenta cómo le va. Podrá haber convivido con usted desde la más tierna edad, pero éste responderá según su propia naturaleza.

El oficio de polí­tico es extremo porque se trata de vivir en una selva en donde no hay leyes, moral ni razón, sólo necesidades. El polí­tico o sobrevive o está muerto, no hay de otra. Por eso es que vive a la defensiva, suspicaz, nervioso y con estrés. Aquí­ sí­ es cierto lo que decí­a Sastre: «El infierno son los otros». El otro, en la vida polí­tica siempre es un enemigo potencial. No puede fiarse de nadie porque tarde o temprano su ingenuidad lo hará morir.

El que se atreve a jugar a la polí­tica debe saber que está solo. De nada sirve que haya sido un ungido en las elecciones, la selva siempre estará ahí­, acechando, esperando que se duerma para ser atacado. Un animal así­ no tiene amigos, serí­a absurdo esperarlo. En el monte sólo hay intereses comunes, una vez devorada la bestia en conjunto, cada uno tiene que continuar su vida privada. Sus dí­as están contados, la selva es así­, la muerte está en cada esquina. Su destino es el fracaso porque ese oficio es extremo.

Del oficio de polí­tico pocos han salido vivos. La historia más bien es un largo relato de fracasados por jugar a redentores: Jesús, Gandhi, Luther King, Sócrates y muchos más. Los sobrevivientes lo fueron porque al final lo racional privó sobre lo animal. Renunciaron a la barbarie y regresaron a la civilización. A tiempo. Dios tuvo piedad de ellos y la suerte también estuvo de su parte.

Vivimos, entonces, en este perí­odo eleccionario, los dí­as de la selva. Somos testigos del pleito de perros, a diario vemos cómo se matan y muestran los polí­ticos lo peor de sí­. «Los animales polí­ticos» están nerviosos porque son «dí­as extremos» y el mañana probablemente no vaya a existir. Esta es, para algunos, su última oportunidad.