No hay nada más deprimente que ver cada día las noticias: asesinatos, robos, destrucción del medio ambiente, corrupción. Todo se conjuga para deprimir al más feliz de los alegres. Pero nada es tan eficazmente doloroso y perturbador cuando se tienen hijos, que ver a una madre llorando porque su hijo de apenas tres años murió baleado por estar en el lugar incorrecto en un momento inoportuno. Pero ¿cuáles son los lugares en los que una bala perdida no puede atinar sobre un ser humano hoy en día, ¿qué horas son las adecuadas para sentirse seguro en este país?
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El año pasado más de 500 menores de edad murieron de forma violenta en Guatemala: baleados, acuchillados, cercenados, estrangulados, previamente sexualmente abusados. Una niña de tres años fue asesinada por su propia madre –algo que no logro comprender–, y muchos más estuvieron a punto de perder la vida en un hecho violento, quedaron huérfanos por la inseguridad y la impunidad que impera en el país.
La violencia nos carcome, se extiende, simula un juego de tenta y la pega, y otro más va y repite y aparecen rostros dolorosos aporreándose el pecho señalando a niños, sí niños, de sicarios, repiten la frase y crean monstruos en nuestro corrompido imaginario, mientras a voz en cuello frente a las cámaras de televisión la gente clama justicia.
Y los súper héroes, o los que se creen o más bien venden esa idea a los ingenuos, ignorantes tira la mano y esconde la piedra, buscan su capa imaginaria de proyectos de ley para castigar, olvidándose de que esos niños, sí, niños a los que llaman sicarios han nacido y vivido esos pocos años sumidos en un castigo perpetuo.
Es más fácil ser Pilatos, hablar de justicia y rehabilitación –imaginaria supongo–, para canjearse los votos de los próximos comicios, creer que se gana más con miel que con hiel y no pensar y trabajar por mejorar las condiciones de vida de esos niños, casi siempre hambrientos, seguramente siempre maltratados, constantemente abusados y por si fuera poco y sin ánimo de parecer boletín huelguero, despreciados e ignorados.
No debería haber nada más triste que conmemorar este día, porque es vergonzoso, porque refleja la calidad de seres humanos que somos, irresponsables, egoístas, crueles, malos.
¿Cómo hacer para que esto no suceda? ¿Para qué los niños no mueran, no sufran y no lleguen a apretar un gatillo?
Ojalá y los asesores de congresistas, ministros y del mismo señor Presidente, se tomaran el tiempo de reflexionar sobre esto, de ser empáticos con quienes sufren, ojalá se tomaran unos días de trabajo en ese descanso permanente en el que se encuentran y le dieran uso a los títulos que ostentan, a las promesas que sus jefes hicieron en campaña y propusieran y ejecutaran acciones coherentes, humanas y sensatas para que los niños y niñas guatemaltecos pudieran vivir una vida digna, segura, plena.