Octubre es el marco de la conmemoración de la Virgen del Rosario. El sacro e impresionante recinto toda la feligresía lo ubica en la Basílica Menor del mismo nombre. Usual también viene a ser situarlo en el templo de Santo Domingo, zona central, parte sustancial de la ciudad capital antañona y de significativa denominación equivalente a emblemática estructura histórica.
Los moradores de la expansiva metrópoli chapina reaccionan de inmediato ante el acontecimiento anual que resuena en los corazones. Un breve análisis considera este evento singular, parte notoria del acendrado costumbrismo. También apunta directo a un ejercicio devoto, merecedor en alto grado de unirse al homenaje mariano de enorme popularidad gozosa, además gloriosa.
Somos proclives, no cabe la menor duda al desuso u olvido, semejante a no proseguir con la estafeta virtual de remotos tiempos. El cambio natural da cuenta en el acto con ligereza ya sabemos, situación influyente en el sentido de anular, reitero, en las personas los valores humanos, lamentablemente en picada, rumbo al colapso dominante hoy en día, aquí y allá.
Sin embargo pareciera la persistencia de un extraordinario reducto, aferrado mediante sus raíces arcaicas a sentimientos religiosos hasta el momento. Una fuerza interior sale a luz pública y conserva contra viento y marea una de las evidentes y convincentes devociones sublimes. La firmeza potente exhibe un efecto conservacionista de naturaleza visualizada.
La mayoría poblacional continúa una especie de cuenta regresiva tenaz de los meses precedentes del calendario, a ojos vista. Similar a lo ocurrido en dos ciclos festivos de relevancia: Semana Santa y Navidad, con el apéndice del Año Nuevo. Generan movimiento inusitado, imposible sea ocultado tal movimiento extraordinario, satisfactor de ansias fenomenales en esencia.
Existe crisis económica arrasante, seguida de sus consecuencias tremendas y adversas, o se vive una relativa situación monetaria; nada ni nadie obstaculiza a la connotación indicada, los connacionales tienden a figurar con un rol protagónico visualizado fácilmente. Igual que la vara de Moisés resulta capaz del brote de fondos a fin de acudir al templo de Santo Domingo.
La devoción del Rosario tiene la virtud innegable de mover actitudes de toda índole, muestra efectiva que sirve de escape propicio para contrarrestar el ambiente fatídico derivado sobremanera de ilícitos, delincuencia y restantes actos salvajes, en contra de las féminas, también de similares acciones del más crudo salvajismo virulento y espeluznante en crecimiento.
En las interioridades de la feligresía dominica ruta a la advocación mariana de Virgen del Rosario, queda en segundo plano lo complementario cotidiano. Un vuelco les da el corazón y el aprestamiento riguroso bate palmas, rebosante de júbilo, a la espera del suceso aludido. Imposible detener esos impulsos cualitativos como devotos en homenaje de la Reina del Cielo.
Traspasar los umbrales de la Basílica Menor, sede de los dominicos, OP. o si quiere llamarlos cruzados de Santo Domingo, de hábito completo y reminiscente, a tono con las prendas originales con que arribaron al país en plan operacional durante la Colonia, propio de la condición de auténticos y vocacionales misioneros firmes, es algo muy fuera de lo común.
Produce un efecto impactante captado por la visión contemplativa, que trata de grabar como corresponde, solemne y devotamente, al visitarle, extasiado ante los bellos arreglos ornamentales, luminarias y especial juego de ángeles y cortinajes de la ocasión. Afuera hay vendimia relativa al arte culinario, a modo de imán. Folclor, músicas vernáculas y pirotecnia.
Mueve a un misticismo popular el camerino de la bella imagen mariana, revestido de plata, con el Niño Dios dormido en sus brazos. La petición unánime es común; las plegarias en murmullos y voz alta, anegados de legítimas lágrimas de la mayoría. Rezos de elegantes damas entre ruegos piadosos por sus necesidades sentidas, bajo el cobijo de Nuestra Señora del Rosario.