Después del fracaso de la Cumbre de Copenhague


Dí­as antes de que se realizara la Conferencia de Copenhague sobre el Cambio Climático, a mediados de diciembre pasado, en este mismo espacio expresé mi escepticismo acerca del los resultados del encuentro, en vista de la  negativa de las potencias industrializadas que más provocan emisiones de gases de efecto invernadero, de suscribir compromisos para reducirlos.

Eduardo Villatoro

   Esa cumbre fue un fracaso rotundo, y como si yo tuviese alguna responsabilidad en ese fiasco internacional me abstuve de seguir publicando artí­culos respecto al calentamiento global. Sin embargo, no puedo permanecer ajeno a este problema de la Humanidad, y de ahí­ que decidí­ reiniciar la divulgación de diferentes aspectos relacionados con el tema, pese a la escéptica acogida de la mayorí­a de mis contados lectores, que prefieren enterarse de sucesos escandalosos vinculados con  polí­ticos, por ejemplo, antes que ponerle un poco de atención a las causas y  efectos de la contaminación ambiental.

   Ahora mismo, los guatemaltecos -para ser más especí­fico y cercano a nuestra realidad- se quejan y lamentan por el calor imperante, se asombran por chubascos imprevistos en plena época seca y se sienten agobiados por la ausencia de viento fresco, mientras que hasta hace pocas semanas estábamos ateridos del penetrante frí­o, como hací­a décadas que no ocurrí­a. Simultáneamente, nos enteramos por los diarios impresos y vemos en los canales de televisión las inundaciones ocurridas en otros paí­ses latinoamericanos, el catastrófico terremoto de Haití­, las nevadas que paralizan ciudades completas en Europa y Estados Unidos; pero nos limitamos a gruñir por el tiempo caluroso y si acaso a condolernos por los desamparados haitianos.

   Naturalmente que poco podemos hacer frente al cambio climático, pero aun lo exiguo que nos corresponda contribuir lo pasamos por alto, de manera que mientras unos siguen botando basura en las calles, otros avientan desechos desde autobuses del transporte colectivo o de automóviles de uso privado, no escatiman agua para lavar vehí­culos, desperdician el mismo lí­quido cuando al bañarse no cierran la llave en tanto se enjabonan, dejan sobre la arena de las playas envases vací­os de sodas y cervezas, en los supermercados siguen proporcionando bolsas de plástico hasta para llevar un cepillo de dientes, las autoridades municipales de variadas jurisdicciones permiten la proliferación de los llamados basureros clandestinos, el gobierno central hace alarde de haber promulgado normas para velar por el ambiente, pero no aplica la ley, en fin, gobernantes y gobernados nos hacemos los babosos de cara al calentamiento global y, en todo caso disfrutamos de echarle toda la culpa a Estados Unidos.

   ¿Y los ambientalistas? Muchos de ellos teorizantes de escritorio. Ahí­ está el caso de mi amigo Exvedi Morales, joven poeta de Santa Ana Huista, quien, por mi medio, pidió auxilio a alguna de las onegés ecologistas que abundan, porque el rí­o Huista se está contaminando y tiende a desaparecer dentro de un par de lustros a causa del descuido municipal. Le solicité apoyo a uno de esos teóricos (omito su nombre porque no es mi ánimo ponerlo en evidencia) y le dije a Exvedi que se comunicara con aquel (el ambientalista), quien se limitó a decirle a mi amigo no podí­a hacer nada al respecto, pero le prometió que lo pondrí­a en contacto con alguna otra organización ambientalista. Empero, al mejor estilo de polí­ticos demagogos, no cumplió con su ofrecimiento y le sugirió a Morales que mejor investigue la corrupción que estarí­a propiciando la esposa del presidente Colom.

   ¡Vaya consuelo!  Exvedi Morales, uno de los pocos guatemaltecos que se interesa por el medio ambiente de su comunidad, no encuentra apoyo de nadie.

   (Según el ambientalista Romualdo Tishudo, un pronosticador del tiempo es aquel que asegura que no va a llover, pero aconseja que no se salga a la calle sin capa y sin paraguas).