Cualquier padre o madre de familia, en un momento dado y cuando alguno de sus hijos pequeños son sumamente traviesos suelen advertirles “Si no me hacés caso, ya sabés lo que te va a pasarâ€. Dicho y hecho. El chiquillo se empecina en su capricho y es disciplinado. En tiempos no muy remotos solían pegarles con un chicote o el cincho del progenitor, o con nalgadas; pero como ahora los castigos corporales son una especie de salvajismo, por leves que sean, a los chicos y adolescentes indóciles se les impide ver televisión por un tiempo o salir a jugar o pasear con sus amigos.
Traigo a cuento este fútil ejemplo a propósito de lo declarado por el portavoz del Departamento de Estado de Estados Unidos al referirse a la frustrada presencia del presidente iraní Mahmud Ahmadineyad en el acto de toma de posesión del nuevo gobernante guatemalteco, al indicar (supongo que con tono amenazante): “El Gobierno de Guatemala sabe muy bien cuál es la posición†de Washington. Dicho en palabras menos diplomáticas, altos funcionarios guatemaltecos fueron prevenidos que Estados Unidos no toleraría la presencia en este país centroamericano del mandatario de Irán, pero si se empecinaban en invitarlo y recibirlo “ya saben lo que les esperaâ€, tanto al actual régimen como al que presidirá el general Otto Pérez Molina.
Naturalmente que ante semejante amonestación el designado canciller guatemalteco Harold Caballeros ya no chistó palabra alguna, después de haber anunciado que se esperaba que el Presidente iraní asistiera al relevo presidencial en el Domo Deportivo. Y menos aún abrió la boca el actual ministro de Relaciones Exteriores, que se ha caracterizado por su pasividad al frente de esa cartera y su sumisión a los dictados del Departamento de Estado de la potencia del norte.
Una vez que se hubo acatado que el Presidente de Irán no vendría a Guatemala, me imagino que a causa de la enemistad del gobierno de Estados Unidos con el citado dictador musulmán (que, por cierto y para evitar suspicacias, no es de mi simpatía personal a causa de su declarado belicismo y por la opresión que ejerce sobre su pueblo) lo menos que se esperaba es que Washington se hiciera representar en la toma de posesión del presidente Pérez Molina, si no por su Secretaria de Estado, por lo menos por otro de los miembros del Gabinete de gobierno del presidente Barack Obama, para corresponder a la docilidad del Estado de Guatemala y concederle especial reconocimiento al nuevo mandatario guatemalteco.
Como es sabido, la delegación norteamericana no la encabeza un funcionario de rango superior, sino que la preside el Director del Cuerpo de Paz, lo que denota menoscabo a la lealtad y fidelidad del actual y anteriores gobiernos de Guatemala hacia Estados Unidos, que tampoco debería ser motivo de extrañeza, tomando en consideración numerosos elementos de juicio, entre los que resaltan la insignificancia de nuestro país a escala internacional, pese a que fue elegido miembro del Consejo de Seguridad de la ONU; el tradicional desprecio de la Casa Blanca hacia América Latina en general, y, en especial, a la intrascendencia de las naciones centroamericanas cuando no están en juego intereses estadounidenses.
Para citar otras dos muestras de la carencia de una minúscula deferencia de Estados Unidos a Guatemala, durante 2011 cerca de 85 mil inmigrantes guatemaltecos fueron expulsados de territorio norteamericano, sin ninguna contemplación; y la decisión despectiva del presidente Obama hacia los descendientes de las víctimas de los experimentos científicos realizados en nuestro país por investigadores gringos en la década de 1940, porque “la inmunidad soberana (¡¿?!) protege a funcionarios federales†de los EE.UU., “sin importar lo vergonzoso que hayan sido los estudiosâ€.
(Un arrogante funcionario norteamericano ateo le comentó en Navidad al indocumentado Romualdo Tishudo: –Si fuera cierto que Jesús es el Redentor del Mundo, en vez de nacer en Belén debió haber nacido en Washington).