Desesperación en el corredor de la muerte



En un ala de este complejo penitenciario ultra moderno, rodeado de alambre de púas, aferrarse a la esperanza es una batalla diaria para los 360 reos texanos en el corredor de la muerte.

Más de 400 prisioneros han sido ejecutados en Texas (sur) desde 1982, la mayorí­a tras pasar un promedio de 10 años en el corredor de la muerte.

Pero muchos se consumen allí­ durante más de 15 años, algunos el doble. Y aunque parecerí­a que la pena capital ha sido suspendida mientras la Corte Suprema de Estados Unidos decide sobre la constitucionalidad de la inyección letal, la mayorí­a sabe que es solo un indulto temporario.

«La clave en este lugar es el aislamiento (…) Si dejas que este lugar actúe de la manera para la cual está diseñado, no hablarás con nadie. Alimenta la mentalidad antisocial dentro tuyo», dijo a la AFP el condenado a muerte Tony Ford.

Ford ha pasado 16 de sus 34 años de vida en prisión, y ahora enfrenta una sentencia de muerte por un asesinato que dice no haber cometido.

Como todos los otros prisioneros condenados a la pena capital en este lugar pasa sus dí­as solo, encerrado en una celda de 5,6 metros cuadrados, y solo se le permite salir para tomar una ducha o para una hora de recreo en una celda un poco más grande que la suya.

El contacto humano está básicamente limitado a unas pocas palabras intercambiadas a través de la ranura en la puerta de su celda, a través de la cual le pasan la comida.

Dos veces por semana puede ejercitarse en una celda en el patio de la prisión. Solo. Pero al menos puede hablar un poco con su vecino de celda, ya que ahí­ están separados por una cerca de alambre.

Muchos prisioneros pierden toda la esperanza y tiran la toalla. Se niegan a abandonar sus celdas para bañarse o para la recreación.

«Aunque estamos 23 horas al dí­a adentro, muchas personas no salen de sus celdas porque están quebrados. No están sanos», dijo Ford.

«Aquí­ es casi como estar en una jaula para ratas, estar en una jaula con solo solo una pequeña rueda, y la pequeña rata se sube y corre por la rueda pero no va ninguna parte. Y así­ son estas jaulas. Puedes caminar y caminar en cí­rculos, pero no vas a ninguna parte».

«Algunas personas compensan su depresión y desesperación comiendo, por lo que hay muchas personas con sobrepeso aquí­», agregó Ford.

Para muchos, la abrumadora soledad finalmente da paso a la desesperación y para algunos, incluso la locura. Hace pocas semanas, un prisionero comenzó a arrojar sus heces y orina a través de la ranura de su puerta, invadiendo el edificio con el olor de los excrementos humanos.

Hasta 1999, el corredor de la muerte de Texas estaba en la Unidad Ellis, un mugriento edificio a unos 15 kilómetros de la cámara de ejecuciones en Huntsville. Pese al estado del edificio, los prisioneros podí­an reunirse en cuartos comunes, hacer algo de deporte y hasta algunas artesaní­as.

Pero desde la mudanza a la Unidad Polunsky, una flamante prisión nueva en Livingston, a una hora de distancia de Huntsville, todo eso cesó, hasta la televisión.

Ford ya ganó dos suspensiones del cumplimiento de su sentencia y se ha convertido en un experto aficionado en análisis de ADN. Afirma que rastros de sangre encontrados en el abrigo de otro sospechoso podrí­an probar su inocencia.

En un tono calmado y medido describe su disciplinada rutina diaria, que busca mantener lejos la desesperación.

Musulmán practicante, siempre comienza su dí­a con una oración y una taza de café, seguidos de algo de lectura.

«No necesariamente tiene que ser algo espiritual. Puede ser poesí­a, puede ser el Corán, puede ser algo positivo polí­ticamente. Tengo un periódico socialista aquí­ que consigo de tiempo en tiempo y lo leo. Algo positivo. Me da algo en que enfocarme», relató.

«Me gusta decir que voy a la escuela tres veces a la semana. Lunes, miércoles y viernes son dí­as de estudio. Por lo que estudio algo. Puede ser historia, temas espirituales, polí­tica, economí­a (…) pero quiero estudiar. Quiero pasar algo de tiempo estudiando e intentar aprender», explicó.

Hace dos años se casó con Rachael, una inglesa que le escribió tras encontrar su sitio web, montado por su grupo de apoyo.

Sus cartas eran diferentes de las de los «groupies», personas «que no se toman en serio la pena capital. No entienden que estamos en una lucha real», indicó Ford.

Ahora Rachael viene a visitarlo tres o cuatro veces al año, para un par de horas de conversación, por teléfono y separados por un vidrio.

«Simplemente ilumina todo. Me ayuda a focalizarme en lo que es importante y a no caer en la desesperación. Eso es algo en lo que no voy a caer, en esta desesperación», aseguró Ford.