En 1970 fue la primera vez que pude votar y en las elecciones de marzo de ese año (en aquel tiempo acudíamos a las urnas en marzo y el cambio de gobierno era el primero de julio) participó la Democracia Cristiana que si bien había sido fundada en tiempos de Castillo Armas y postuló candidato en los años cincuenta, resurgió en esa contienda postulando al coronel y licenciado Jorge Lucas Caballeros, «el de las manos limpias», quien se enfrentaba a Mario Fuentes Pieruccini postulado por el oficialista Partido Revolucionario, y a Carlos Arana Osorio postulado por la alianza MLN-PID y a la postre vencedor en los comicios.
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Democracia Cristiana, el partido de la estrella blanca sobre el fondo verde, tenía entre su dirigencia a jóvenes universitarios que seguían a René de León Schlotter y sin duda se constituía en la opción fresca e innovadora. Mucha de la gente de izquierda participó en ese frente comandado por Lucas Caballeros y en el que destacaba la presencia de dirigentes como Fito Mijangos, quien era el abanderado de la nueva generación de la izquierda del país.
Muchos de mis compañeros universitarios eran miembros del Frente Estudiantil Social Cristiano, el FESC, que era el auténtico semillero de la Democracia Cristiana y para mí fue fácil incorporarme con ellos al esfuerzo por impulsar la candidatura de Lucas Caballeros que tenía el aval de esa generación revolucionaria que había dado vida a la URD.
Ya en 1974 se formó el Frente Nacional de Oposición en el que el partido postulante por tener derecho legal era la Democracia Cristiana, pero del que formamos parte quienes seguíamos a Meme Colom con el FURD. Fito Mijangos había sido asesinado y Manuel se había convertido en el líder principal de la corriente y junto a Alberto Fuentes Mohr nutrieron ese frente con una verdadera expresión de izquierda democrática. La campaña de Ríos Montt fue intensa, agitada y riesgosa, pero todo terminó cuando el vencedor como candidato presidencial acató la orden de Arana de irse de agregado militar a España en medio de mutuas acusaciones de traición al movimiento que se hacían entre el candidato y los principales líderes del frente.
En ambas ocasiones no sólo voté sino que trabajé para impulsar el voto a favor de Democracia Cristiana, partido que sin duda tendrá un lugar importante en la historia del país. Y viene a cuento todo lo anterior porque no es lo mismo que hayan desaparecido la Alianza Nueva Nación y el DIA, partidos sin arraigo, historia o tradición, a que haya corrido esa suerte una organización que llegó a ser modelo no sólo en su estructura partidaria, sino en la firmeza para librar las luchas a favor del pueblo de Guatemala. Por el acceso del pueblo a la riqueza, a la cultura y al poder rezaba uno de los primeros eslóganes de la DC en tiempos de Lucas Caballeros.
Y por supuesto que hay que recordar hoy, en las honras fúnebres para ese partido histórico, a cientos de sus miembros que murieron durante la represión violenta desatada contra quienes tenían el atrevimiento de desafiar al sistema de fraudes. Especial mención para mi querido amigo Mario Monterroso Armas. Porque los democristianos pusieron su cuota de sangre y por ello varios de aquellos jóvenes idealistas con los que hice campaña en 1970 terminaron en la guerrilla al ver cómo se cerraba el espacio democrático en el país.
Ver morir a una institución es triste y aunque nunca fui democristiano, compartí con ellos sueños, anhelos e ilusiones y hoy lamento el último estertor de esa muerte lenta que parece ser el destino de toda estructura partidaria en el país.