Día a día suceden verdaderos escándalos dentro del sistema. Causantes de una situación de malestar generalizado. Rebasan los límites de la tolerancia y total rechazo el acontecer permanente. De consiguiente, la credibilidad no forma parte del pensamiento, aunque se trate de tender las famosas cortinas de humo. De la clase política tiene amargas y desconcertantes experiencias. A pesar de tantísimo canto de sirena que invade en ocasiones el entorno proveniente de los zares del engaño. A eso se debe, sobre todas las cosas que se le tilde a los politiqueros con el sambenito de carentes de vergí¼enza, transparencia y sinceridad.
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Dicha desconfianza, por supuesto que dista de generación espontánea. Una infaltable serie de malabarismos ubicados en el desvío de 82.2 millones de quetzales son los responsables. Que al respecto la ciudadanía desconfíe de los miembros del Organismo Legislativo, no obstante traten de rasgarse las vestiduras. Referente al Gobierno central, persiste también ese estado de cosas. Falta aún que sus acciones marchen por el mejor sendero. Capaz de demostrar transparencia, la concreción de desbaratar el crimen organizado, la violencia; cero pobreza y pobreza extrema; vivienda, trabajo, educación y salud, a la vista. A propósito, el simple hecho de cambios en los altos mandos de instituciones del andamiaje burocrático, es de concederle el beneficio de la duda. El tiempo viene a ser siempre la mejor prueba del acierto o desacierto de dichos movimientos sorpresivos. Mismos que dan origen a reacciones diversas.
Hay sucesos fuera de serie que obligan a desconfiar del sistema judicial. Máxime en lo tocante al tortuguismo que por demás es la tónica donde estriba la falta de confianza en las demás dependencias conformantes de este ente llamado a hacer justicia pronta y cumplida. Al final meras palabras. Eso y mucho más sirven de cimiento a la ausencia de credibilidad y confianza que da la pauta a la población para no cifrar más esperanzas en el cambio favorable. De nada sirven los repetidos cabildeos tendientes a conseguir la aprobación de leyes, mejor dicho en dar luz verde a medidas controversiales. De sobra hace acto de presencia en la materia gris cerebral la posición poblacional en torno a no aceptar como buenos nuevos impuestos. Pese al decir que en Guatemala se tributa muy por debajo de las necesidades. Pero los desvíos de sumas millonarias, jineteos y hueveos, son la razón del rechazo. Cuando la pronta y oportuna ayuda en las emergencias devenidas de tanto fenómeno natural que perturba el acontecer nacional, se lleva a feliz término, entonces se cree. En caso contrario, en balde la diarrea publicitaria, si las calamidades consiguientes deben esperar, en medio de la desesperación. Vuelve de nuevo la sombra negra de nuevos grupos aspirantes al reconocimiento de rigor del Tribunal Supremo Electoral, que abra la puerta a más entidades de derecho público. Al final es motivo poderoso de cara a la desconfianza que genera el incremento del abanico electoral en nuestro medio.
El crecimiento del Estado, consistente en nuevos viceministerios y demás dependencias burocráticas, resulta confuso, toda vez que son carga mayor del presupuesto. Este ya no alcanza y por lo mismo se recurre a la deuda externa a como dé lugar. También base de la aludida desconfianza generalizada.