En pocas palabras al público ya no cree ni confía en el sistema bancario del país, sobras razones existen para dicho comportamiento que vino a sacar de sus casillas hasta los más crédulos. Una tras otra se han registrado, situaciones que ponen a quemarse las pestañas.
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Todas las verdades críticas, entre ellas la quiebra de Bancafé, campaña negra contra G T Continental, además escasez de papel moneda severa y no terminan ahí las cosas. Socios y ejecutivos del Banco de Comercio pidieron a la Junta Monetaria el cese de operaciones por iliquidez, recién.
Poco a poco al principio, y ahora de sopetón se derrumba la confianza del público en tal sentido, situación digna de convencerse, si acaso todavía algunos se aferran a la esperanza de solución. Mucho es que a estas alturas no cunda el pánico, a modo de reacción natural.
Conforme percepciones acerca de nuestra idiosincrasia, somos aguantadores, sin embargo, cuando de proteger hasta con las uñas los ahorros de toda la vida, cambian las cosas. Quién va a decir amén que de repente vea sus dineros devaluados pero propios, convertidos en humo.
Qué pasa de verdad, resulta hoy en día la obligada pregunta que emerge con inquietud, recelo y duda, si la cadena destructora continúa su marcha. Por años en el sistema bancario hubo estabilidad y una relativa bonanza, a punto que fue notorio la proliferación de bancos en nuestro medio.
El paso inicial causante de desconfianza creciente vino a ser la constante fusión de determinados bancos, dizque pequeños mediante tecnología encubridora al final. Una lógica elemental sirve de parámetro popular para ponerse en guardia ante esas operaciones dudosas y bajo escotilla.
La recuperación en definitiva de la confianza bancaria deberá ser objeto prioritario y fundamental de muchos agentes, puesto que dormirse en las cenizas no es conveniente jamás. Máxime en los presentes momentos de tensión colectiva prudente será accionar con enjundia y certeza, antes de ser muy tarde.