Desaparecieron del mapa a Albino Luciani


Oscar-Clemente-Marroquin

La renuncia de Benedicto XVI y la posterior elección del Papa Francisco para dirigir los destinos de la Iglesia obliga a repasar la historia reciente del papado y es obligado reparar en la forma en que se ha minimizado toda mención a la efímera figura del Papa Juan Pablo I, el Cardenal Albino Luciani, quien se desempeñaba como Patriarca de Venecia cuando ocurrió el cónclave para elegir al sucesor de Paulo VI.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Su papado de apenas 33 días es pasado por alto no sólo por la curia vaticana sino también por los mismos medios de prensa en el mundo que apenas si hacen referencias periféricas a lo que fue ese breve período en la historia del Pontificado de la Iglesia Católica, mucho menos pensar en que se pase revista a la vida y obra del cardenal Luciani y su papel como hijo de una humilde familia del norte de Italia, como seminarista, sacerdote, obispo y cardenal, pero especialmente por el papel destacado que tuvo en la realización del Concilio Vaticano II y su extraordinaria afinidad con dos Pontífices de estilos tan diferentes, como fueron Juan XXIII y Paulo VI, lo que le hizo convertirse en el primer Papa de la historia en utilizar dos nombres, escogiendo precisamente el de esas dos figuras tan relevantes para el significado y trascendencia desde el punto de vista conciliar.
 
 La muerte del Papa Juan Pablo I, el Pontífice de la abierta y franca sonrisa, sorprendió al mundo apenas un mes después de que su pequeña figura iluminó a la Iglesia cuando salió al balcón tras haber sido electo en forma rapidísima por un cónclave que no tuvo mayores problemas para, según la tradición y la fe, escuchar la voz del Espíritu Santo que fácilmente puso de acuerdo a la centena de Cardenales con derecho a voto, otorgando a Luciani más de los dos tercios de la votación pese a que no era considerado uno de los papables ni se le veía como potencial Obispo de Roma. Él mismo había dejado sus cosas arregladas para emprender su viaje de retorno a Venecia en el vetusto carro que le servía para viajar en Italia en compañía de su secretario.
 
 Las explicaciones oficiales dicen que murió en paz de Dios mientras dormía. Su muerte fue un alivio, entre otros, para quienes dirigían la Banca Vaticana y habían sido señalados por Luciani cuando fueron partícipes de la venta del banco regional que servía a las órdenes religiosas y congregaciones del área de Venecia. Esos mismos “administradores” de la banca oficial de la Iglesia pudieron continuar haciendo lo que hacían luego durante el mandato de Juan Pablo II hasta que muchas situaciones escandalosas obligaron a realizar cambios profundos que al día de hoy no han llegado aún a desempañar el manejo de millonarias cuentas.
 
 A diferencia de lo que ha ocurrido con tantos Pontífices sobre los que se destaca su vida y obra en forma más que detallada, expuesta hábilmente por las oficinas de prensa del Vaticano, en el caso de Luciani poco se dijo y menos se dice ahora.
 
 Pero escarbando en su vida, averiguando sobre sus escritos y tendencias, es fácil encontrar un gran parecido entre Juan Pablo I y el Papa Francisco, más que con cualquier otro Papa de la historia de la Iglesia. Muchas de las acciones de humildad del cardenal argentino fueron también características del cardenal de Venecia y no es descabellado preocuparse por su salud sabiendo que los aires vaticanos no parecen ser propicios para jerarcas que tienen mentes orientadas al cambio para terminar con algunas lacras conocidas de la curia de nuestra Iglesia.