Desagrado ante los gestos de Obama


Indudablemente la Cumbre de las Américas se marcó por el estilo personal de Barack Obama que permitió hablar del inicio de una nueva era en las relaciones entre Estados Unidos y el resto del Continente. La expectativa generada por la personalidad de Hugo Chávez y la existencia de unanimidad regional para pedir a Washington el cambio de polí­tica hacia Cuba hicieron temer a muchos que la reunión de Trinidad y Tobago pudiera concluir en un estruendoso fracaso, pero Obama cumplió con su ofrecimiento de ir a escuchar y lo hizo bien, con educación, respeto y, sobre todo, enorme carisma.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Obviamente en Estados Unidos no todos tomaron a bien los gestos de Obama. Los republicanos se molestaron por la forma en que el Presidente de los Estados Unidos escuchó a sus colegas y, sobre todo, por la forma amistosa en que se comportó con Chávez. Un senador dijo que era irresponsable reí­rse con Chávez y darle la mano afectuosamente. Otros dijeron que ese comportamiento llano y campechano «comprometí­a la seguridad de los Estados Unidos» y minaba el liderazgo de la gran potencia. Poco importó que el mismo Obama dijera que no veí­a cómo el intercambio de sonrisas con Chávez pudiera comprometer la seguridad norteamericana tomando en cuenta que el presupuesto militar de Venezuela era si mucho 1/600 del presupuesto militar de Estados Unidos.

El desagrado de quienes vieron a un Obama dispuesto a escuchar y a hablar respetuosamente es el resabio de la arrogancia que tanto daño le ha hecho a Estados Unidos en sus relaciones con otros paí­ses del mundo. No ha habido gobierno más arrogante en los últimos años que el de Bush y el efecto fue una oleada de animadversión que no se dirigió únicamente al Presidente, sino al paí­s mismo, igual que ahora, cuando el efecto positivo del carisma de Obama no es cosechado únicamente por el mandatario, sino que beneficia a Estados Unidos en sus relaciones con otros paí­ses del mundo.

Yo recuerdo cuando Juan Pablo II empezó a viajar por todo el mundo y los sectores más conservadores de la Iglesia empezaron a decir que eso devaluaba la prestancia del papado porque los fieles tení­an que ir a ver al Papa en vez de que el Pontí­fice fuera a ver a los fieles. El gesto de Juan Pablo II, acercándose a la gente, terminó demostrando enorme utilidad y ahora veo algo similar en esa actitud de Obama que rompe con el molde impuesto por su predecesor. Obama y el imperio no se desdoran por un cálido apretón de manos con alguien tan polémico como Chávez, de la misma manera que la Reina de Inglaterra no se desdoró al pasar afectuosamente el brazo por la cintura de la Primera Dama de Estados Unidos.

La influencia e importancia de la Embajada de Estados Unidos en Guatemala no sufrió menoscabo cuando el embajador McFarland asistió al desfile de la Huelga de Dolores. Por el contrario, todos esos detalles tienen enorme y constructiva importancia en el diseño de un nuevo esquema de relaciones entre un imperio que no es más grande ni mejor si actúa con arrogancia ni es menos importante ni peor si actúa con muestras de respeto al resto del mundo.

Lo que asusta a los ultraconservadores de Estados Unidos es que Obama, como Juan Pablo II, está colocando un parámetro demasiado alto con base en su propio carisma. La Cumbre de Puerto España es una muestra del impacto que tiene ese factor aun entre tan complejo grupo de lí­deres.