Derrumbes


Primeras planas, telenoticieros, programas radiales, amigos, empresarios, estudiantes…, todo el mundo habla de ello. El sistema financiero occidental se desploma? algunos culpamos a la economí­a de libre mercado, otros a los gobiernos de turno, otros a las malas decisiones de los inversionistas, y hasta hay quienes se aventuraron a decir que si en este lado del mundo copiáramos el modelo de la Unión Europea (como que fuera tan fácil), serí­amos económicamente fuertes, teorí­a que se les vino abajo con el anuncio de que los de los euros también están en clavos.

Roberto Arias

Terminamos entre tanta perorata igual que aquellos a quienes se les ha confiado el manejo del dinero (léase Bancos y Financieras, reales y fantasmas) especulando… Nadie, por supuesto, se hace responsable. Los gobiernos pretenden hacerlo pero son fundamentalmente los tributantes quienes «rescatan» las «muladas» de los «brillantes» manejadores del pisto ajeno. «Lo que no nos cuesta? hagámoslo fiesta» reza el refrán.

A los seres humanos en el mundo entero nos gusta vivir de la apuesta ya que eso define que tan «cabrones» somos; nos gustan las finanzas porque, jugando con cifras cumplimos con el fin último de nuestros sueños: «Babosear y caer de babosos» porque no me negará usted, amigo mí­o, que cuando sacamos ventaja de alguien sentimos ese í­ntimo placer que una gran amiga mí­a llama «el valor agregado de joder a alguien» y cuando nos engañan nos invade ese raro sentimiento de lo que ella llama «el arraigo del complejo de ví­ctima», que bien utilizado, nos permite que a nuestra vez también podemos sacar otras ventajitas de terceros todaví­a más babosos?

Eso pasa aquí­ en este bello paí­s con nuestros propios derrumbes. También tienen que ver con la bolsa pero no con esa de Nueva York sino con la de las constructoras, las alcaldí­as, los contratistas, los gobiernos, los suplidores de maquinaria, de materiales de construcción, los publicistas, los corredores de bienes raí­ces, los amañados ingenieros (que vaya si han tenido ingenio), y un largo etcétera? Estos derrumbes son literales. Aquí­ en Guatebella se nos viene la montaña encima, la montaña, quemada, socavada, atravesada, «urbanizada», «rapada», secuestrada, desaparecida, tatuada, dinamitada, vendida, explotada, «aterrorizada» y hasta «violada»? por todos esos hijos de mala madre guatemalteca y abuelas a veces extranjeras, que con el fin de comerciar en el jugoso negocio del lavado de dinero ofrecen a los que poseen capitales «shucos» la dorada oportunidad de lavarlos a través de la compra de bienes raí­ces, que toman forma con el cemento salvaje de residencias nuevas para viejos sinvergí¼enzas y centros turí­sticos o complejos edificios para «empresarios» locales y foráneos. ¡Qué ciudad tan moderna! dicen los centroamericanos y turistas extranjeros, maravillados de los ghetos habitacionales en los que los nuevos acomodados viven con su respectiva garita de seguridad para sentirse más a salvo; ¡qué centros comerciales tan bonitos! Piensan, cuando con orgullo van a repagar los trapos a tiendas de «marcas pirata» -que hay cada idiota que las asume originales-, tecnologí­a, comida, o lo que sea que sientan que les da «status»? ¡Cómo progresa Guatemala!

Y así­, partiéndole la cara a la montaña y abriéndole camino al «desarrollo» y a la cada vez más productiva corrupción, borramos del paisaje el color verde que alguna vez significó la esperanza de un mundo mejor?