«Yo creo que los valientes mueren jóvenes, por lo tanto, no hay edad para ser un soldado de Dios», explica este adolescente, atrincherado detrás de bolsas de arena en el barrio de Tarbunka, una posición que defiende para una de las principales milicias islamistas radicales de Somalia, el Hezb al-Islamiya.
«Es lo que mis amigos y yo hemos elegido, sin ser obligados, y estoy feliz de encontrarme aquí», sostiene Husein. El chico explica esta posición de una manera tan clara que suena falsa.
Aunque el enrolamiento de niños-soldado no es una novedad en una guerra civil que comenzó en 1991, el fenómeno preocupa por su amplitud, y sobre todo, por su carácter, que se ha vuelto sistemático.
Todas las partes en el conflicto actual -desde las milicias islamistas radicales hasta el Gobierno apoyado por la comunidad internacional- están implicadas en el reclutamiento de menores, según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).
Lamentablemente, la utilización de niños-soldado «no es algo nuevo en Somalia, pero lo que parece novedoso es la extensión y el carácter sistemático de esos reclutamientos por todas las partes», explica Isabella Castrogiovanni, una especialista en Somalia que trabaja para la UNICEF.
«Aparentemente, hay una campaña deliberada y activa de reclutamiento de niños», agrega.
Mohamed Abdulkadir Mursal, de 15 años, lucha por el ejército gubernamental. Su hermano ya perdió la vida en combate. «Yo no sé lo que es un trabajo común para un niño (…), pero me burlo de lo que dirán, porque he elegido vivir y morir de esta forma», declara.
De los 250.000 niños-soldado registrados por la UNICEF en el mundo, varios miles -se ignora el número exacto- combaten en Somalia, empujados entre otros factores por la pobreza y una bajísima tasa de escolarización.
Según un estudio que publicará la UNICEF en breve, el enrolamiento se lleva a cabo en las escuelas y los campamentos de desplazados, donde se hacinan aproximadamente 1,3 millones de civiles que escaparon de los combates.
Numerosos observadores y grupos de defensa de los derechos humanos sospechan también que las milicias «hacen su mercado» en los campamentos de refugiados de los países vecinos, sobre todo Kenia.
El enrolamiento no siempre es forzado. A veces es «voluntario», fruto de un trabajo sicológico, por ejemplo para ofrecer a un recluta la posibildiad de vengar la muerte de un familiar.
Husein Abdi dejó la escuela en 2007, poco después de la intervención del ejército etíope en Somalia. Su tío murió en los combates con las tropas de Addis Abeba. «Es por eso que tomé las armas, para combatir a los soldados colonizadores y a sus lacayos» somalíes, explica.
El reclutamiento de niños-soldado constituye una violación de la convención internacional de los derechos del niño, y utilizar a menores de 15 años es un crimen de guerra.
Según niños-soldado y diversas organizaciones no gubernamentales, los futuros reclutas también son seducidos con la promesa de alimentos o de recompensas como una bicicleta.
«Nosotros no recibimos salarios regulares del Gobierno, pero cuando hay combates, el dinero corre a raudales», señala Ali Yare, de 13 años. «Por eso, a veces provocamos combates disparando contra nuestros adversarios», añade.