El Dalai Lama, jefe espiritual de los budistas tibetanos, denunció hoy la represión china en Tibet, en una declaración de inusual dureza con motivo del 49 aniversario de su exilio en India y a cinco meses de los Juegos Olímpicos de Pekín.
El Premio Nobel de la Paz 1989, cuya causa volvió a ganar apoyos en occidente en los últimos meses, criticó «las enormes e inimaginables violaciones de los derechos humanos cometidas por China en Tibet», que llegan a «la negación de la libertad religiosa».
«Desde hace unas seis décadas, los tibetanos viven en forma permanente con miedo y bajo la represión china», denunció ante sus partidarios congregados en Dharamsala, su lugar de exilio en el norte de India.
Estos severos comentarios contrastan con la moderación adoptada en los últimos años por el Dalai Lama frente a China, a la que suele acusar sin embargo de «agresión demográfica» por una política de colonización acelerada que lleva a «una especie de genocidio cultural».
El Dalai Lama, de 72 años, huyó con miles de sus partidarios a India hace exactamente 49 años, en 1959, tras la llegada al techo del mundo de las tropas comunistas de Mao Zedong para sofocar una rebelión anti-china.
El líder religioso reafirmó el sábado el derecho de Pekín a organizar los Juegos Olímpicos en agosto próximo, tras haber sido acusado por el máximo responsable chino en la Región Autónoma de Tibet de intentar «sabotear» el acontecimiento deportivo.
El Dalai Lama abandonó hace años sus reivindicaciones de independencia y preconiza una «amplia autonomía» en el marco de una «vía intermedia» para salvar la lengua, la cultura y el medio ambiente de este territorio enclavado en el Himalaya.
China, que controla Tibet desde 1950 (al año siguiente de la victoria de Mao en la guerra civil china), aplicó una política de sangrienta represión contra los partidarios del Dalai Lama, venerado por los tibetanos, y rechaza todas sus demandas.
«En los últimos años, Tibet ha sido teatro de una represión y de una brutalidad crecientes. Pese a esta desgraciada evolución, sigo decidido a proseguir mi política de «vía intermediaria»», afirmó el Dalai Lama.
Según analistas, el Dalai Lama, frustrado por el rechazo de China a todas sus demandas de autonomía «cultural» para el Tibet, trata de acentuar la presión en vísperas de los Juegos Olímpicos, multiplicando sus actividades internacionales.
Fue recibido en octubre pasado por el presidente estadounidense, George W. Bush, quien lo elogió como «símbolo universal de paz y tolerancia». También fue recibido entre septiembre y octubre por los jefes de gobierno de Alemania, Austria y Canadá, que ignoraron las advertencias de Pekín.
A fines de noviembre, el Dalai Lama lanzó un nuevo desafío a China, al afirmar que si muriese en el exilio, su sucesor sería designado fuera del territorio tibetano. El gobierno comunista lo acusó de traicionar la tradición del budismo tibetano, que hasta ahora escogió en el Tibet a la reencarnación de su máxima autoridad religiosa.
Un centenar de exiliados tibetanos iniciaron el lunes una marcha simbólica desde Dharamsala hacia Tibet, aunque sin precisar si estaban dispuestos a cruzar la frontera, y en qué lugar.
«El gobierno chino usa los Juegos Olímpicos para legitimar la ocupación ilegal del Tibet (…). Nunca renunciaremos hasta que (Tibet) sea independiente», afirmó el organizador de la marcha, Tsewang Rigzin, presidente del Congreso de la Juventud Tibetana.
En Olimpia (Peloponeso, Grecia), cuna de los antiguos Juegos, un grupo de tibetanos encendió el lunes una llama simbólica para protestar contra la ocupación de Tibet.
China podría estar exagerando el peligro de una amenaza terrorista procedente de la minoría musulmana del noroeste del país, consideraban los expertos el lunes, después de que las autoridades chinas anunciasen haber frustrado planes para atentar contra los Juegos Olímpicos.
A cinco meses de las olimpiadas, el gobierno chino aseguró el domingo que presuntos independentistas muertos a principios de año en Xinjiang -región musulmana del noroeste de China, en Asia Central- planeaban atentar contra el acontecimiento deportivo, que se celebrará en agosto en Pekín.
China afirmó asimismo haber frustrado el viernes un proyecto de «atentado terrorista» contra un avión que volaba entre la capital de Xinjiang y Pekín.
Sin embargo, se divulgaron pocos detalles sobre la realidad de estos planes terroristas, a parte del hecho que varios pasajeros «estaban en posesión de líquidos sospechosos», según un comunicado difundido el lunes por la Aviación Civil.
Analistas y defensores de los derechos humanos ponen en duda la realidad de esta amenaza, en una región sometida desde hace 60 años a una estrecha vigilancia por parte del gobierno central.
«La amenaza terrorista en Xinjiang no es muy fuerte, pese a que no se pueda descartar completamente», considera Zhang Jiandong, experto en contraterrorismo de la Universidad Fudan de Shanghai.
«No creo que haya un atentado terrorista importante contra los Juegos Olímpicos, pero pequeños grupos basados en Xinjiang pueden intentar acciones», afirma.
De los 18 millones de musulmanes de China, cerca de 10 millones viven en la Región Autónoma de Xinjiang, entre ellos uigures, de etnia turca.
Algunos grupos continúan luchando por la independencia del Turkestán Oriental, que conoció una existencia efímera entre 1930 y 1949.
China acusa al Movimiento Islámico del Turkestán Oriental, organización clasificada como terrorista por Naciones Unidas en 2002, de ser una amenaza. Hace un año, Pekín afirmó haber desmanteladao uno de sus campos de entrenamiento en las montañas del Pamir y haber matado a 18 militantes.
Sin embargo, según los expertos, el movimiento -que habría llegado a tener mil combatientes- sufrió importantes pérdidas durante la guerra de Afganistán, desencadenada por una coalición internacional tras los atentados de septiembre de 2001 en Estados Unidos.
El acceso a la zona está estrictamente controlado y las fuentes de información independientes son inexistentes.
«Para saber lo que sucede, si existe un grupo organizado (…), sólo podemos apoyarnos en las informaciones chinas», afirma James Millward, profesor de la Universidad de Georgetown (Estados Unidos), autor de un libro reciente sobre la historia de Xinjiang.
Para algunas organizaciones de defensa de los derechos humanos, Xinjiang es sólo un pretexto.
«Nos preocupa la posible utilización por el gobierno chino de estos pretendidos complots terroristas como pretexto para una nueva campaña de represión contra la población uigur de Xinjiang antes de los Juegos Olímpicos de Pekín», afirma Phelim Kine, de Human Rights Watch.
Sin embargo, los analistas chinos, fieles a la línea oficial, critican «la política de «dos pesos, dos medidas» de los países occidentales.
Zhang Xiaodong, del Instituto Chino de Estudios Internacionales, afirma que durante un viaje a Xinjiang el año pasado constató la realidad de la amenaza islamista.
«Fue muy impactante, muchas personas han muerto o resultado heridas (por los terroristas). Utilizan armas importadas y de fabricación casera. No se trata en absoluto de una invención», sostiene.