La economía mundial, en su conjunto, es demasiado vulnerable cuando se produce una crisis energética por alza de precios en los derivados del petróleo, pero especialmente la de aquellos países que dependen del combustible fósil para generar energía eléctrica y ese es, tristemente, el caso de Guatemala en donde no hemos sabido aprovechar los recursos hídricos disponibles ni, mucho menos, preservar las cuencas para evitar el deterioro de los ríos y la merma de los caudales.
El Estado ya no volvió a realizar ninguna inversión en hidroeléctricas luego de Chixoy y sabe Dios que de no ser por esa obra, que en su momento fue tan criticada y que dejó tan mal sabor por el sobrecosto que se impuso al proyecto, ahora estaríamos literalmente viviendo en la oscuridad o pagando precios aún más exorbitantes por la energía. En los últimos tiempos han sido particulares los que han invertido en la construcción de proyectos eléctricos, inclinándose generalmente por los térmicos que requieren inversiones menores aunque el costo de operación sea mayor.
Una hidroeléctrica es muy cara en su construcción, pero muy barata en su operación y eso es lo que un país tendría que buscar porque en el largo plazo sale mucho mejor disponer de energía producida a menor costo. Desafortunadamente la privatización del sector impide adoptar políticas nacionales de largo plazo y promover inversión del Estado con base en una visión de conveniencia nacional y dependemos de lo que quiera y pueda invertir el sector privado. Y ello significa, por supuesto, de dónde y en qué quieran invertir, puesto que si consideran que van a recuperar su inversión más rápidamente generando energía térmica y tienen la facultad de establecer los precios que les parezca, entonces es obvio que por ese tipo de proyectos se van a inclinar preferentemente aunque al país como tal le conviniera otro tipo de inversiones.
Son las cuestiones que con el tiempo obligan a repensar la conveniencia de que sectores estratégicos, en los que es obligado pensar con visión de país, puedan quedar librados simplemente a las leyes del mercado porque éste buscará el rápido retorno de capital, sin considerar para nada lo que ello signifique para el usuario ni las consecuencias, por ejemplo, de una crisis en precios del petróleo como la que ahora tenemos y que es de pronóstico reservado.
Lo cierto es que somos un país que tiene alta vulnerabilidad y que seguirá así porque no hay entidad pública que vele por el interés y la visión de país, sino que son inversionistas privados los encargados de generar la electricidad y ellos invertirán en donde más pronto obtengan el retorno de su dinero y las mayores utilidades. Construir una hidroeléctrica es costoso y tardado, por lo que se vuelve una inversión menos atractiva para quienes ven sus propios intereses.