Hace muchos años escuché decir al doctor Augusto González, médico y cirujano, ginecólogo, de quien guardo enorme gratitud y los mejores recuerdos de mi niñez y juventud una frase que aparte de parecerme simpática, es muy atinada y llena de verdad: “cuando el niño nace mal le echan la culpa a la partera”, en vez de analizar a fondo las causas genéticas o propias de su concepción. Algo así suena la constante discusión sobre la promulgación de la Actualización Fiscal que sirvió al actual gobierno, siguiendo la tradicional manera de nuestros políticos que al llegar al poder lo primero que hacen es buscar de dónde sacarle más dinero a los contribuyentes para atender tantas necesidades y carencias de la población.
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Por no ser estadistas, a pesar que llevan muchos años de estar detrás del solio presidencial, nunca hemos visto ocurrencias de reducir o eliminar partidas presupuestarias que no brindan ningún beneficio a la población, entre tantas, la excesiva burocracia y el derroche permanente de gastos únicamente útiles para satisfacer intereses personales tales como pasajes, viáticos y demás gastos de viaje pero no para lograr el bien común. Algo todavía más importante, es que nunca podemos ver la llegada de gente preparada a las oficinas encargadas de la administración financiera, con nuevas ideas y pleno convencimiento de que existen sinnúmero de estrategias para llegar a tener solvencia en las arcas nacionales, por ejemplo, para eliminar el contrabando, desde combustibles hasta los dulces que cualquiera puede adquirir frente a las suntuosas oficinas de la SAT o del Ministerio de Finanzas, verdaderos monumentos a la incapacidad e ineficiencia gubernamental.
La cacareada reforma fiscal no existe. Lo que se hizo fue mezclar los genes del caballo, la cebra y la jirafa, de donde salió el esperpento actual, el que ni los mismos creadores o redactores entienden o son incapaces de explicar con lógica y buen razonamiento, como que siguiendo la mala costumbre de solo hacer lo más fácil, se pusieron a cargarle la mano a los contribuyentes que no tienen más remedio que “caer muertos” todos los años pagando el impuesto de circulación de vehículos, lo que para el 2013 representará el doble, el triple y hasta el cuádruple de lo efectuado en los años precedentes. De ahí la pregunta: ¿en dónde dejaron tirados los principios fundamentales para no crear impuestos confiscatorios, atender la capacidad de pago de los contribuyentes, como que un mismo acto no puede ser objeto de más de una carga tributaria? Claro, lo más fácil es echarle la culpa al Congreso (la partera) por haber emitido la mal llamada actualización tributaria al adoptar la tradicional postura de siempre de solo levantar su pesada mano (acuñada en oro) en señal de aprobación, cuando la ley provino de nuestro políticos oficialistas y de los inveterados tecnócratas de turno, como siempre, muy útiles para crear engendros como el malévolo del que estamos hablando.