Una de las frases que repetimos a menudo y creemos a pie puntillas es eso de «saber es poder». No lo creemos, estamos seguros de ello. Por eso es que los educadores estimulamos a nuestros pupilos para que, aplicados al estudio, sean fuertes y no se dejen sorprender por cualquier mercachifle en el mercado de las ideas.
           Hay en nuestro espíritu una especie de pulsión por el saber. Todos queremos saber. Y la vocación empieza desde niños. Los pequeños son los maestros de la indagación, preguntan, cuestionan, plantean dudas. Todo, mientras no les matamos la capacidad de asombro y el ansia por resolver acertijos. Una vez asesinado el espíritu, los niños se vuelven «normales».Â
           Este deseo por saber hace que nos acerquemos a quienes parecen tener la verdad. Nos fiamos a ellos y dejamos que nos interpreten el mundo. Los primeros propietarios de la verdad son los padres. Son ellos quienes nos lo imponen (con buena o mala voluntad) y nos inician en el misterioso universo de los símbolos. No hay momento para el debate, la verdad es presentada desde el oráculo de los dioses y nosotros no podemos sino callar y asimilar lo que ellos, desde el Olimpo, nos proclaman.Â
           Otros maestros de la verdad son los profesores. Ellos pretenden saciar nuestra hambre de saber y nos presentan la historia explicada. Nos dicen que Colón fue un aventurero, Somoza un déspota y Pitágoras uno de los más grandes matemáticos que ha dado la humanidad. Nosotros solo tenemos que callar y tomar apuntes, repetir de memoria la sabiduría acumulada por los siglos. Buen alumno significa eso: dar de memoria la lección.
           Luego viene la Iglesia. Aquí la verdad cobra un sentido metafísico. Ahora no estamos para sospechas. Jesús es la verdad absoluta revelada a los hombres. El escepticismo es arrogancia, la desobediencia se paga con las llamas eternas del infierno. La virtud consiste en levantar la mano, bajar la cabeza y proclamar con la vista en tierra: Amén. Hágase, cúmplase, soy solo un siervo, un átomo minúsculo frente a la inmensidad de Dios verdadero.Â
           Por último (en mi pequeña cuenta) vienen la prensa, la radio, la televisión, los libros, Internet. Son ellos los grandes maestros de la sabiduría. Quien lee debe saber que lo proclamado en los textos es indiscutible, auténtico, genuino… porque es producto de investigación rigurosa, «científica». Y ya sabemos, en la ciencia no hay falsedad.  El saber de laboratorio está basado en las evidencias y, frente a lo que se ve, la negación solo es de necios.
           «Saber es poder», sí claro.  Saber, «sapere», «savoir», «sapore», saborear. Lo que parece evidente es que hay que iniciar a los estudiantes a distinguir «sabores».  Vivimos en el mundo de las «verdades». Todos la proclaman, la defienden y la imponen.  Pero hay que aprender a degustarla, catarla. Y la escuela queda en deuda si no cumple esa minúscula labor.
           Atrás quedaron los tiempos en que, como decía santo Tomás, la «veritas» era solo una, en la cristiandad.  Hoy hay un comercio de verdades y hay más de una para diferentes gustos. Â