Del sapere al sapore


Una de las frases que repetimos a menudo y creemos a pie puntillas es eso de «saber es poder».  No lo creemos, estamos seguros de ello.  Por eso es que los educadores estimulamos a nuestros pupilos para que, aplicados al estudio, sean fuertes y no se dejen sorprender por cualquier mercachifle en el mercado de las ideas.

Eduardo Blandón

            Hay en nuestro espí­ritu una especie de pulsión por el saber.  Todos queremos saber.  Y la vocación empieza desde niños.  Los pequeños son los maestros de la indagación, preguntan, cuestionan, plantean dudas.  Todo, mientras no les matamos la capacidad de asombro y el ansia por resolver acertijos.  Una vez asesinado el espí­ritu, los niños se vuelven «normales». 

            Este deseo por saber hace que nos acerquemos a quienes parecen tener la verdad.  Nos fiamos a ellos y dejamos que nos interpreten el mundo.  Los primeros propietarios de la verdad son los padres.  Son ellos quienes nos lo imponen (con buena o mala voluntad) y nos inician en el misterioso universo de los sí­mbolos.  No hay momento para el debate, la verdad es presentada desde el oráculo de los dioses y nosotros no podemos sino callar y asimilar lo que ellos, desde el Olimpo, nos proclaman. 

            Otros maestros de la verdad son los profesores.  Ellos pretenden saciar nuestra hambre de saber y nos presentan la historia explicada.  Nos dicen que Colón fue un aventurero, Somoza un déspota y Pitágoras uno de los más grandes matemáticos que ha dado la humanidad.  Nosotros solo tenemos que callar y tomar apuntes, repetir de memoria la sabidurí­a acumulada por los siglos.  Buen alumno significa eso: dar de memoria la lección.

            Luego viene la Iglesia. Aquí­ la verdad cobra un sentido metafí­sico. Ahora no estamos para sospechas.  Jesús es la verdad absoluta revelada a los hombres.  El escepticismo es arrogancia, la desobediencia se paga con las llamas eternas del infierno.  La virtud consiste en levantar la mano, bajar la cabeza y proclamar con la vista en tierra: Amén.  Hágase, cúmplase, soy solo un siervo, un átomo minúsculo frente a la inmensidad de Dios verdadero. 

            Por último (en mi pequeña cuenta) vienen la prensa, la radio, la televisión, los libros, Internet.  Son ellos los grandes maestros de la sabidurí­a.  Quien lee debe saber que lo proclamado en los textos es indiscutible, auténtico, genuino… porque es producto de investigación rigurosa, «cientí­fica».  Y ya sabemos, en la ciencia no hay falsedad.   El saber de laboratorio está basado en las evidencias y, frente a lo que se ve, la negación solo es de necios.

            «Saber es poder», sí­ claro.  Saber, «sapere», «savoir», «sapore», saborear.  Lo que parece evidente es que hay que iniciar a los estudiantes a distinguir «sabores».  Vivimos en el mundo de las «verdades».  Todos la proclaman, la defienden y la imponen.  Pero hay que aprender a degustarla, catarla.  Y la escuela queda en deuda si no cumple esa minúscula labor.

            Atrás quedaron los tiempos en que, como decí­a santo Tomás, la «veritas» era solo una, en la cristiandad.  Hoy hay un comercio de verdades y hay más de una para diferentes gustos. Â