Del pasado y del futuro


De la casa donde nací­, hace 75 años, guardo gratos y entrañables recuerdos. Allí­ pasé mi infancia. Es por ello que aún está en mi memoria aquella ya lejana época que marca el ascenso y caí­da del dictador Jorge Ubico (14 de febrero de 1931 – 1 de julio de 1944) y el emerger de un nuevo paí­s, una nueva democracia y de cambios revolucionarios (20 de octubre de 1944) que, después, fueron violentamente interrumpidos (27 de julio de 1954).

Ricardo Rosales Román
rosalesroman.cgs@gmail.com

Aquella casa, que todaví­a está en pie, está situada en la 14 calle «A» entre 1ª. y 2ª. avenida de El Gallito. Todo, puede decirse, quedaba cerca: el Hospital General y la facultad de Medicina, la Casa Central y el Paraninfo, la Capilla del Señor de Las Misericordias y el Santuario de Guadalupe, la 6ª. avenida y el Parque Central, la Catedral y la Concha Acústica, la Concordia y el Fuerte de San José, la 18 calle y El Calvario. La Parroquia y el Guarda Viejo, la Bolí­var y La Reforma, la Cipresalada y el Zoológico, el Hipódromo del Norte y el del Sur, quedaban lejos.

En tamaño y construcción, la casa de mis papás no se diferenciaba mucho de las demás. En la cuadra habí­a dos más grandes y construidas mucho mejor. Los dueños, decí­amos, eran adinerados, gente de pisto.

Las calles y avenidas del barrio eran de tierra y por eso, en verano, polvorientas y, en invierno, con olor a tierra mojada. Después de las lluvias, las correntadas de agua que se formaban eran propicias para echar a navegar barquitos de papel. En noviembre, además de barriletes, jugábamos a volar aviones, también de papel.

El dominio territorial de la patojada de la cuadra lo tení­amos debidamente trazado. Iba de la Avenida de El Cementerio a la tienda El Reloj, en la 4ª. avenida. Eso no querí­a decir que no pudiéramos ir a la Iglesia de la Santí­sima Trinidad donde cada ocho dí­as, por la noche, la Tabacalera Nacional daba funciones gratis de cine y la pared que quedaba al lado, era la que serví­a de pantalla. Habí­a veces que bajábamos hasta La Ruedita, pasando por La Central, la tienda de don Juanito de Jesús Quan, al final de la 13 calle, que en aquel tiempo vendí­a «bueno, barato y cabal». No frecuentábamos el Llano Palomo, salvo cuando llegaba el circo que era instalado en un terreno baldí­o de allí­ cerca.

Dos escuelas nos quedaban a la mano: la República de Panamá, en la 15 calle y Avenida Elena, y la República de Nicaragua, en la 13 calle «C» y 1ª. avenida. La República de Chile estaba en la 9ª. calle, entre 2ª. y 3ª. avenidas.

El Gallito era un barrio tranquilo, habitable. A dos o tres casas de enfrente a la nuestra, viví­a don Paulino con su familia. Todos los dí­as se le veí­a trabajar en su telar. Desde una de las ventanas de su casa uno podí­a entretenerse viéndolo lanzar el carrete de su mano izquierda a la derecha y regresarlo de la derecha a la izquierda en unir y venir de lo que a mi me parecí­a una primorosa lanchita navegando entre una tupida cortina de hilos de bien ordenados colores. De alguna manera, don Paulino era algo así­ como un tejedor de ilusiones, uno más de los personajes del barrio.

Recuerdo, también, a dos más. Yendo hacia la Avenida Elena y en la siguiente cuadra, estaba la casa de quien en su juventud habí­a sido un famoso futbolista, buen portero, según decí­an. Se le conocí­a como Tayuli Peli. Nunca supe su nombre. Vendí­a miel de abeja. Tres o cuatro casas más allá de la suya estaba la de Tarzán, un ex boxeador del que nadie sabí­a de dónde era y desde cuándo viví­a en la que nos parecí­a la más vieja casona del barrio. A su edad, seguí­a entrenando. Cuando lo iba a hacer, abrí­a de par en par las dos grandes ventanas de su casa. Daba gusto verlo saltar cuerda, hacer sombra y darle derechazos e izquierdazos al viejo y pesado costal de arena que, colgado de una viga, talvez le recordaba a contrincantes reales o imaginarios.

De otros dos personajes vale la pena decir algo. A uno se le conocí­a como Caballo Rubio; al otro, como Anicillo.

A Caballo Rubio se le solí­a ver pasar cargando en la cabeza un enorme y pesado canasto con verduras o fruta, el paso apresurado y viendo de reojo por dónde caminaba e iba. Podí­a ser que viniera del Mercado Central o de La Placita y sólo él sabí­a a dónde y a quién tení­a que entregar su pesada encomienda. Además, todos los dí­as, en la mañana, era Anicillo el que pasaba con su costal de basura al hombro, y la mirada perdida.

Un solo lugar era algo así­ como lo prohibido para la chirizada. Era El Lirio Rojo, la cantina del barrio. En algo se parecí­a a las de las pelí­culas de vaqueros del oeste. Desde afuera, se alcanzaba a ver sobre el mostrador un tucán tallado en madera y luciendo los colores de su especie. Era el anuncio de un licor de los famosos de entonces.

Cada vez que hablo o escribo del pasado es porque de alguna manera trato de ver hacia el futuro e imaginarlo cómo deberí­a ser. Ese futuro en que, en un paí­s como el nuestro, se dé el viraje revolucionario que abra paso a una Guatemala distinta, necesaria y posible, verdaderamente democrática, y que, como decí­a Marx, avance en el sentido de la historia.