Los indios lacandones en la selva de Chiapas y las maras de Guatemala son el paraíso y el infierno de Miquel Dewever-Plana, que acaba de publicar en París un libro con fotos oníricas sobre los primeros y prepara otro sobre el mundo sin esperanzas de las pandillas.

El reportero gráfico francoespañol, que ha consagrado más de diez años a explorar la violencia que golpea a Guatemala y ya publicó un libro sobre lo que considera el «peor genocidio» en la historia reciente de América Latina, prepara ahora «La otra guerra», que saldrá a fines de este año.
También logró convivir varios meses del año con un pueblo mítico, los lacandones, que viven en el sur de Chiapas, una región selvática separada de Guatemala por el río Usumacinta, cuenta Dewever-Plana, en entrevista con la AFP.
Estos dos mundos –los lacandones y la violencia de Guatemala–, son «mi paraíso y mi infierno», reconoce, con voz suave y pausada, el fotógrafo de origen catalán, de 48 años.
Producto de estas dos pasiones compartidas hay ya varios libros y exposiciones: «La verdad bajo la tierra», sobre el genocidio maya, y «Hach Winik» –que en lenguaje maya lacandón quiere decir «los verdaderos hombres»– que revela el universo onírico de este pueblo, compuesto ahora sólo por un millar de personas.
«Llegué donde los lacandones por primera vez en 1999 y desde entonces comparto con ellos momentos íntimos, momentos felices», cuenta Dewever-Plana, que se dice «un hombre privilegiado» porque puede vivir su pasión, y sus sueños.
«El deber real de cada uno es salvar su sueño», dice, citando al artista italiano Amadeo Modigliani.
Pese a la belleza de las fotografías, «Hach Winik» –publicado en Francia por la editorial Bec en l»air y que publicará en español Blume– no oculta los peligros que se ciernen sobre esta comunidad indígena, cuyo mundo está en mutación y sus costumbres y culturas están amenazadas.
«La deforestación, las sectas evangélicas, la televisión, han provocado una pérdida acelerada de sus tradiciones», resume Dewever-Plana, que acompaña su libro con un fascinante relato del escritor Paul Bowles sobre la penetración, ya en los años 40, de sectas «made in USA» en este mundo de hombres libres.
Habla luego de la otra cara de su vida, el infierno de la violencia que se vive cotidianamente en Guatemala. «La violencia de las maras no es más que la punta del iceberg», dice, subrayando que «sus raíces son muy profundas».
«Esta violencia es sobre todo una consecuencia directa del conflicto interno en Guatemala, que duró 36 años y que golpeó sobre todo a la población maya», recordó el fotógrafo, que convivió durante meses en la cárcel guatemalteca El Preventino con los pandilleros.
Señala que los miembros de las pandillas «han vivido todo tipo de violencia, en el seno de una sociedad y de familias desintegradas que han perdido todo».
El que describe es un mundo sin esperanzas, donde no hay ley ni orden. Es, por lo tanto, un terreno fértil para las pandillas. «Los pandilleros prefieren morir a los 14 o 15 años que vivir toda la vida humillados, como sus padres», dice.
«Las maras se vuelven sus familias», explica Dewever-Plana, que no se coloca como juez, sino trata de comprenderlos.
En la entrevista, no oculta la empatía que siente por estos jóvenes, ni la profunda compasión hacia sus víctimas. «Ellos también son víctimas. No nacieron así», afirma.
Interrogado acerca de si no tiene miedo de compartir la suerte del cineasta y fotógrafo francoespañol, Christian Poveda, que murió asesinado en setiembre en El Salvador, víctima de las maras que retrató en su documental «La Vida loca», Dewever-Plana dice, siempre con su voz tranquila, que no puede vivir con miedo.
«Es un precio muy alto el que él pagó. Pero tengo que seguir haciendo lo que quiero», dijo, señalando que cuando su libro esté publicado, lo repartirá entre los jóvenes de Guatemala, para tratar «de disuadirlos de la violencia».