Y no me refiero, obviamente, a ser padre de iglesia, que hablando con exactitud sería mejor llamarles curas porque, al fin de cuentas, su trabajo es remendar las almas de la clientela. No, me refiero a los padres que tienen hijos que no esconden ni niegan; a los padres que hemos tenido todos, o a los que ejercemos este oficio a fuerza de improvisación.
Bien lo dice Serrat. En una vieja canción de este genial compositor catalán se habla de los hijos y los padres y de cómo aquéllos crecen y se van y éstos se quedan solos y en el más completo desamparo, (del alma, digo, que es el peor). En uno de sus versos, Serrat se refiere a que los padres aprendemos el oficio, la más de las veces, echando a perder a los pobres niños. Y así, entre improvisaciones y remedios momentáneos, vamos sacando la jornada que al final, al hacer el balance, nos da números rojos.
Sin embargo, no tenemos la culpa, pues así ha sido siempre, desde que se inventó esta profesión. Lo mismo le sucedió a nuestros padres, y a los padres de ellos y a los de éstos también… así, hasta el final de los tiempos.
Al escribir lo que escribo no pretendo dar consejos a nadie, porque a lo mejor no soy el más recomendable para hacerlo. Además, tampoco me va el traje de los sermones ni moralinas. Solamente deseo plasmar en esta hoja mis propias inquietudes y temores, mis dudas sobre este oficio difícil y riesgoso. Vean si no: si el hijo llega a ser un buen ciudadano el mérito es de él; y si termina siendo malo y torvo, la culpa será del padre. ¡Qué profesión más ingrata!
O, a lo mejor quiero reflexionar en voz alta, dejando constancia, «a quien interese», de los fantasmas que me persiguen y que sean testigos de que he intentado, con absoluta honestidad, hacer las cosas lo mejor posible aunque, a ojos vistas, sin muy buenos resultados.
Se llega a ser padre, sin la más mínima idea de lo que es la profesión. Sin la preparación previa, ni título o diploma que haga constar, al menos, que aprobamos un curso, mínimo si se quiere, pero curso al fin. Nunca sabemos por dónde empezar y, mucho menos, dónde terminaremos. Y así las cosas, quienes padecen nuestros innumerables ensayos fallidos son, claro, los hijos. Aunque viendo las cosas desde otro ángulo, esto es inevitable, pues para ser padres hay que tener hijos, biológicos o no, pero hijos. Pues sin hijos no podríamos practicar, porque no es lo mismo un sobrino o un ahijado. Estos se acercan al papel de hijos, pero nunca llegan a serlo. Así que no tenemos más remedio que tener verdaderos hijos. Claro, ya sé que muchos dirán que hay tíos o tías, o padrinos o abuelos que llegan a ser mejores padres que los verdaderos. Es verdad, y de antemano me disculpo con ellos por insistir en que, aunque se asemejen a padres y sean mejores que los reales, no lo son.
Pero resulta, también, que el papel de hijo tampoco es fácil, aunque se sobrelleva bien si se saben soportar estoicamente las pruebas fallidas del laboratorio que, en este caso, vendría a ser el hogar en el que vivimos. También este rol es difícil, lo reconozco, aunque aquella socorrida frase que todos hemos escuchado o dicho alguna vez:»bueno, pero tú me trajiste al mundo, yo no te lo pedí», tampoco es válida porque nadie ha pedido venir a un mundo tan desigual, y sin embargo aquí estamos. A quienes mejor les vendrían estas palabras es a Adán y Eva pero ambos, ya sabemos, murieron hace mucho tiempo.
Es verdad que ahora existen escuelas de padres donde se pueden aprender algunos rudimentos del oficio. Pero nunca la teoría llega a superar la práctica, y menos en esta actividad. Además, cuando ya tenemos el diploma que nos acredita como padres y que recordamos constantemente cuando, a medianoche y en el más profundo de los sueños, aquél nos llama a todo pulmón porque está mojado o tiene hambre, lo que hemos aprendido se nos olvida o, en el menor de los casos, no sabemos cómo aplicarlo en el instante mismo. Por otro lado, por mucha teoría que aprendamos, los secretos de esta profesión se nos revelan en la cotidianidad, por lo que no tenemos más opción de ser padres que siéndolo. Es como la natación: se aprende a nadar, nadando. O dicho de otra manera: echando a perder se aprende.
Así que de todas formas no atinamos mucho con la manera correcta de hacer las cosas y por eso ensayamos y nos equivocamos constantemente. Resulta, pues, que tanto padres e hijos asumimos nuestro rol en este mundo, no muy conscientes de lo que se espera de nosotros. Pero ahí vamos, empeñados en cumplir con el mandato que nos han dado, teniendo presente que ambos desconocemos el oficio y por eso nos echamos, de vez en cuando, una mano. Aunque, pensándolo bien, ser padre o hijo son dos caras de la misma moneda, pues a la vez que somos hijos podemos ser padres.
¡Pobres hijos! Siempre terminan sufriendo por nuestra culpa, por nuestra ignorancia o por nuestra estupidez.
Pero, aunque parezca lo contrario, les amamos. Es verdad, les amamos. Aunque nos equivoquemos con ellos, aunque tengan que sufrir nuestros errores, aunque sean víctimas de nuestra ignorancia, les amamos.
Y acaso sea este amor que les tenemos el que nos libre de un castigo terrible cuando, al final de la jornada, tengamos que hacer cuentas.
Harold Soberanis
Profesor de filosofía