Del infierno mexicano al sueño americano


La reciente masacre de Tamaulipas ha develado un secreto a voces, una forma callada de infamia, la industria de extorsión del migrante. La migración dejó de ser hace mucho tiempo una forma civilizatoria de grandes colectivos humanos, hoy es una carrera individual por la sobrevivencia, una travesí­a que pasa por las zonas oscuras en la que acechan todo tipo de formas humanas degradadas y perversas que se aprovechan de la condición desventajosa del que migra, para abalanzarse como el ave carroñera sobre la ví­ctima desvalida que está a punto de morir; es la realidad del que cruza el territorio desconocido. Se incluyen en este grupo a funcionarios públicos, bandas locales, policí­as corruptos y redes de coyotes, todos en franca conspiración. La travesí­a desde la frontera occidental de Guatemala hasta el lado contiguo de México con Estados Unidos se ha convertido en el paso por el infierno del despojo para alcanzar el cielo prometido del consumo y el éxito americano.

Julio Donis

Las primeras noticias de las 72 personas masacradas fueron mal orientadas tendenciosamente por la prensa sensacionalista y de derecha, que vinculó la tragedia con la autorí­a de los Zetas, oportunista versión que relaciona al migrante con el narcotráfico. La verdad lacerante es que pobres despellejan a pobres en la carretera de la muerte con la complicidad silenciosa del sistema de migración, tanto de Centroamérica como de México y Estados Unidos. Este tipo de enfoques mediáticos solo crean una falsa percepción que iguala al que migra como incriminado y despojado de derechos, el que decide buscar opciones de trabajo en otros lugares es saqueado de su dignidad y se generaliza la apreciación, que migrante es igual a criminal o ilegal. Esto quizá constituya una clave para comprender el manto de injusticia, complicidad y muerte que se cierne sobre los conglomerados de migrantes. Es una situación similar a la que acontece con las ejecuciones extrajudiciales o de «limpieza social»; el sistema de justicia depravado completamente por su incapacidad y debilidad institucional, es aventajado por grupos delictivos de interés criminal, para aprovechar esa condición humana de desecho social.

Esa industria genera varios miles de millones de dólares al año sobre una cadena de corrupción que asegura un poco para todos, desde el funcionario hasta el verdugo que ejecuta, desde el coyote hasta la autoridad migratoria en todas las fronteras, pasando por los bolsillos sin fondo de las policí­as corrompidas. La Comisión Nacional de Derechos Humanos del vecino paí­s da cuenta que ese proceso industrial mastica cada seis meses, unos 10,000 migrantes sobre todo centroamericanos, que son deglutidos más o menos de la siguiente forma: ocurre el secuestro en correlación con la autoridad migratoria; el migrante es obligado o torturado a proporcionar el teléfono de un familiar cercano; se pide ví­a telefónica a dicho familiar una cantidad que ronda los $2,500, en el fondo de la llamada se escucha el llanto de la ví­ctima y el sonido de un taladro; se espera entre 7 y 30 dí­as el ingreso del dinero en un sistema de enví­o electrónico; si el dinero llega se libera al migrante, quien puede seguir hacia «el cielo» o devolverse a «la tierra», en ningún caso vuelve la mirada jamás; si no llega el dinero el migrante es asesinado, desmembrado y quemado con gasolina en un tonel de metal. Esta es la carnicerí­a de sueños que son rotos y convertidos en pesadillas. Más al norte, en el cielo, otros aseguran sus fronteras con aviones sin piloto y patrullas minutemen, por si algún sueño logró escapar del infierno.