La salud del pueblo, de lo que debemos entender por verdadero pueblo, el pueblo humilde, empobrecido, sin voz, que es pasto de las enfermedades, virtualmente no ha merecido una de las primeras prioridades en lo que hace la atención de parte del Estado.
La educación tampoco ha recibido toda la atención que imponen las circunstancias. Todo eso demuestra que lo más importante y «gordo» es relegado por quienes han tenido a su cargo la administración pública.
Son otros los campos en los que los señores que han gobernado han priorizado su atención en beneficio de sus estrechos intereses, especialmente personales, muy personales, familiares y sectarios.
Se han preocupado, más que todo, del aprovechamiento del poder a más no poder respecto del peculado. Es del conocimiento de la generalidad que la burocracia, la superdesarrollada burocracia, se traga como el 70 por ciento del presupuesto nacional. Son millonadas, volcanes de millonadas las que se van como en un «siguán» para alimentar a tantos burócratas de las diferentes jerarquías. Es más, en casi todos los entes inflados de politiquería abundan los asesores, algunos o muchos que hacen como que hacen y no hacen nada bueno, nada positivo o edificante, ¡ah, pero para cobrar los emolumentos que les han asignado como de complacencia son muy puntuales y gazuzos!…
El problema que a nivel nacional afecta a la pobrería es la salud. Sus padecimientos. Hay enfermedades endémicas, epidémicas e incluso pandémicas que están afectando a la población guatemalteca. El sida, el famoso sida, verbigracia, se extiende más y más en nuestro país, como al infinito. Según lo que se ha informado oficialmente, suponemos que con base en las famosas estadísticas, en la actualidad existen alrededor de dieciséis mil víctimas de ese azote que es considerado como el mal del Siglo XX.
Es asaz preocupante la mala atención que se da a la pobre gente que acude a los hospitales nacionales en demanda de servicios para curar o paliar, siquiera, sus dolencias. En el estado de violencia criminal que está imperando en este suelo centroamericano, los mencionados centros de salud se encuentran como a desbordarse de pacientes: muchos baleados, acuchillados, lapidados, tuberculosos, «sidosos», palúdicos, con hepatitis y otras enfermedades.
Recientemente estuvimos en el Hospital Roosevelt. Tuvimos oportunidad de recorrer varias salas, incluida la de emergencia. Por falta de camas, a muchos compatriotas (hombres, mujeres y niños) se les deja en camillas o en las frías y duras bancas esperando que haya un milagro para ocupar una de las camas diseminadas en las respectivas salas.
A una persona que los ladrones la atacaron en uno de los más transitados bulevares capitalinos, tan pronto como salía en su automóvil con dinero que había retirado de uno de los bancos del sector (los forajidos precisaron el monto de lo que retiró), a pesar de lo grave que se encontraba la tuvieron muchas horas en una camilla en la sala de emergencia y, ¡al fin de tantas súplicas!, sus familiares lograron que la trasladaran a una cama. Poco faltó para que su caso se tuviera en fatal desenlace. Estaba sumamente grave a consecuencia de los balazos. Pero todo hubiese pasado sin que pasase nada.
No cabe duda que tanto la inmunidad como la impunidad asoman sus feos rostros hasta en los llamados centros de salud que fueron creados para servir al pueblo humilde, carente de recursos económicos.