Si usted, amable lectora, es una fatigada ama de casa que suele hacer sus compras en supermercados o abarroterías, deposita en la mesa del comedor los víveres y otros objetos de uso familiar que ha adquirido con el dinero del que dispone, ya sea que sea producto de su trabajo o del gasto que le entrega su marido periódicamente.
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Cuando uno de sus hijos le pide un tubo de pasta dental, resulta que sólo la mitad de ese envase plástico contiene dentífrico, y el resto es puro aire. Así como lo está leyendo, pero el precio que le cobraron es como si le hubiesen vendido el contenido completo.
Una de sus hijas, toma un rollo de papel sanitario, y cuando hace uso de este descubre que es más grande el agujero que forma el carrete de cartón, que el papel propiamente dicho. Luego, su pareja decide tomarse un baño, pero cuando usa la pastilla de jabón, por más que la restriega con el pashte, en su cabeza o en su cuerpo, no hay forma que suelte espuma, y el olor que se supone debería desprenderse de ese producto, no responde a las bondades de las que anuncia la publicidad.
Usted ni siquiera piensa reclamarle al supervisor del supermercado o a los dueños de la abarrotería, porque simplemente le dirán que ellos son simplemente intermediarios, que no son los productores de esos objetos y que, por lo tanto, no tienen ninguna responsabilidad, y de esa cuenta ni le devuelven su dinero ni le cambian la mercancía.
Le estoy comentado aspectos sencillos, por no decir frívolos, de la forma cómo los consumidores y usuarios somos víctimas del engaño, porque la falsedad aumenta como se incrementa el precio del producto que adquiere, de tal manera que la lavadora que compró en una tienda de línea blanca de supuesto prestigio, es posible que ya no funcione adecuadamente al término de un mes, y aunque tenga la ya conocida «garantía» de 3 ó 6 meses, lo más que hacen es revisar el aparato y se lo devuelven dizque reparado, pero muchas veces en peor estado que cuando lo llevó para que se lo cambiaran.
Lo mismo ocurre con vehículos, ropa de vestir, zapatos, medicamentos vencidos, refrigeradoras, utensilios de cocina, muebles y pare usted de contar, que siempre estará en desventaja por ser un simple y desamparado consumidor, y en peores condiciones se encuentra si es usuario del servicio de energía eléctrica, de cable o de teléfonos fijos y móviles.
Probablemente su enojo llegue a rebasar su tolerancia, que en un momento dado, si ha desayunado o almorzado en un restaurante cuya comida no se puede digerir, usted pedirá el libro de quejas, que es tan útil para el consumidor o usuario como la ya famosa y muy deteriorada carabina de Ambrosio. Si no, que le cuente mi amigo Renhé Leyba, que ha tenido varias experiencias con el dichoso libro de quejas, especialmente cuando ha intentado comprar un petate en cualquier tienda de barrio, que le servirá para caer horizontalmente quieto, a la hora de que estire los tenis.
Por supuesto que funciona la Dirección de Atención al Consumidor, que no se da abasto para atender a los cientos de reclamos que recibe personal o telefónicamente, cuyos resultados son muy pobres; pero que no obedece a la responsabilidad de la señora Silvia de Padilla, quien tiene a su cargo la buena marcha de esa institución del estado y que hace todo lo posible por atender los requerimientos de usuarios y consumidores defraudados, sino que es culpa de la falta de recursos humanos, legales y técnicos.
Por más que la directora de la Diaco y sus empleados hagan todos los esfuerzos de su parte, para intentar que los derechos de los consumidores y usuarios sean respetados, casi nada puede hacer, especialmente por ausencia de fuerza coercitiva, y si no que lo digan los propietarios de colegios que a principios de año aumentaron antojadizamente las tarifas de inscripción y las colegiaturas de sus estudiantes, ante la impotencia de los padres de familia y la debilidad de la misma Diaco.
Pero ya será aprobada la ley que creará la Procuradoría de la Defensa del Consumidor, que abordaré en próximo ocasión.
(El despistado Romualdo Husuario entra a una farmacia y pide que le vendan una desodorante. La dependienta le pregunta; -¿De bola? Mi amigo se asombra ante la respuesta, pero atina a reponer: -No; de axila)