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Constantemente estamos diciendo que en todo hay un lado bueno y otro que es malo, que hay cosas correctas e incorrectas y que por lo mismo la humanidad se divide en buena y mala.
Pero ¿a qué lado pertenecemos nosotros? ¿Quién nos ha nombrado jueces para separar a los buenos de los malos? ¿De qué lado me colocaría yo? ¿De qué lado me colocarían los demás?
Conviene plantearse estas interrogantes, porque cuando simulamos hacer un examen de nuestros actos nos consideramos se menos malos que los demás y llegamos a la conclusión de que quienes deben cambiar su forma de pensar o de actuar son ellos, ya que nosotros creemos estar actuando con toda propiedad. Calificándonos a ellos somos en extremo minuciosos y rígidos, pero al simular juzgarnos a nosotros mismos somos blandos y nuestros defectos los consideramos pequeñeces ante los que vemos en los demás.
Pero si nuestras deficiencias las colocáramos en ellos, valdría la pena preguntarnos con toda sinceridad si las seguiríamos viendo igual de insignifcantes o nos escandalizaríamos por su gravedad.
Cuidado, nadie nos ha nombrado jueces de la vida de otros ni se nos ha dado el diploma de perfectos. No pretendamos ser rígidos acusadores de otros, no vaya a ser que cuando Dios venga como Unico Juez, nuestra severidad sea aplicada en nosotros mismos.
Que nuestros juicios sean de tal modo
cuidadosos, que no condenemos a otros por
faltas menores que las nuestras.