Regresamos de un buen descanso, y cierto es que algunos buenos cristianos lo hayan dedicado a fomentar y cultivar su fe y sus creencias religiosas, y otros se hayan entregado febrilmente al ocio; sea como sea nos encontramos ya de vuelta a nuestra ineludible realidad mundana: la rutina del trabajo, el tránsito vehicular, las colas en los bancos, la economía mundial, y por supuesto el dilema inconcluso de cómo componer un pedazo muy pequeño del «planeta tierra» llamado Guatemala.
Hace algunos días entró en vigencia las modificaciones al Reglamento de Tránsito, cuya «novedad» es la prohibición de transportarse más de una persona en una misma motocicleta. Además establece la normativa que los pilotos deberán de contar con un chaleco y un casco que anuncie el número de placas, esto para erradicar o al menos disminuir los crímenes que a diario son cometidos por sicarios, quienes utilizan este medio de transporte para cometer sus fechorías.
El plan nacional de seguridad y justicia – que propone el gobierno y diversas instituciones y sectores de la sociedad- contempla una variedad de leyes encaminadas a paliar la inseguridad del país, talón de Aquiles de este gobierno y sus antecesores, a pesar que el tema de seguridad nacional fue utilizado desmedidamente como caballo de batalla en la contienda electoral por los políticos para granjearse la mayor cantidad de votos.
No estoy de acuerdo con que entren en vigencia tantas y tantas leyes, que vienen a engrosar la ya desmesurada legislación guatemalteca; se corre el riesgo que las mismas sean parte del derecho vigente pero no positivo ( leyes que están vigentes pero que no se cumplen o se cumplen parcialmente), como pasa con la mayoría de leyes que son aprobadas.
Se suele pensar que mientras más leyes sean aprobadas, mejor es la función legislativa; lo cual más que una realidad es un juicio de valor o una creencia arraigada sin ningún fundamento sólido o científico. Soy del criterio que deben de existir menor cantidad de leyes, pero que su cumplimiento sea debidamente obligatorio, y que las medidas coercitivas contempladas para su debida observancia sean lo suficientemente efectivas para hacer pensar dos veces a cualquier persona que pretenda incumplirla.
En todo caso espero que el paquete de leyes de seguridad consiga su propósito: la paz social y la seguridad de los ciudadanos, y no caigamos en «gatopardísmos»-cambiar todo para que las cosas sigan iguales-