Paulatinamente, Guatemala ha dejado de ser únicamente puente del narcotráfico, para convertirse también en un país consumidor de drogas, que se ha ido extendiendo en todas las capas sociales, cuando inicialmente se consideraba que su consumo estaba concentrado entre jóvenes y adultos de la alta y mediana burguesías.
  Durante años recientes el uso de drogas se ha difundido a los estratos menos acomodados de la sociedad guatemalteca, especialmente entre adolescentes y jóvenes de las clases populares, y el consumo de crack y cocaína se ha convertido en compañero inseparable de los pandilleros juveniles conocidos como «maras».
  Coincido con un reciente planteamiento del sociólogo y escritor Fernando H. Cardoso, ex presidente de Brasil, en el sentido de que para fines de política pública, lo importante a considerar es que las drogas tienen consecuencias negativas tanto para el usuario como para la sociedad y que reducir al mínimo su consumo debe ser el objetivo principal. Al parecer, empero, ha fracasado la estrategia dominante llamada «guerra contra las drogas», sustentada fundamentalmente por Estados Unidos y la ONU, y que se basa en la penalización del uso y la represión de la producción y del tráfico de esas sustancias.
   La alternativa sería concentrar los esfuerzos en la reducción del consumo y la disminución de los daños causados, sin descuidar la represión, pero priorizando el combate al crimen organizado y la corrupción, en vez de encarcelar a cientos de consumidores, y poniendo en práctica un modelo que se aplica en Portugal basado en la prevención, la asistencia y la rehabilitación de los drogadictos.
   En América Latina se está perdiendo la guerra contra las drogas, y de seguir con la misma estrategia, centrada única y exclusivamente en la represión, sólo se logrará trasladar campos de cultivo y sedes de los cárteles de unas regiones a otras, sin reducir la violencia y la corrupción que van de la mano con la «industria» de la droga.
   Parafraseando a Cardoso, se puede aseverar que en vista de la miseria y la falta de empleo, en el área metropolitana de Guatemala se han formado amplias redes de traficantes, distribuidores y consumidores que reclutan con facilidad a sus miembros, extendiéndose a numerosos departamentos, que ha convertido a la República en un mercado consumidor, alimentando por las clases sociales de ingresos medios y altos, pero que alcanza a los sectores más empobrecidos, de modo que el país ya no es sólo ruta de paso del tráfico de estupefacientes, y de ahí la necesidad de aplicar programas de prevención.
  (El sociólogo Romualdo Tishudo cita este proverbio popular: -¿Qué sentido tiene correr cuando estamos en la carretera equivocada?)