De regreso al trabajo


        Lo bueno de las vacaciones es que permite tomar aires nuevos, olvidarse de todo y ser un poco irresponsable.  El tiempo libre de Semana Santa es una especie de regalo divino para recobrar fuerzas y encontrarse consigo mismo.  Lamentablemente, cuando uno se encuentra listo para hacer las famosas tres tiendas viene la bendita realidad que invita a bajar del monte y ponerse manos a la obra.

Eduardo Blandón

«Lo malo de las vacaciones, me dijo un amigo, es que cuando uno se las toma no quiere terminarlas nunca».  Es casi lo mismo que dormir: entre más se duerme, más sueño se tiene.  Pero hay que volver pronto a la realidad porque las vacaciones son sólo un paréntesis vital para emprender las actividades con nuevas energí­as y, como ya se sabe, lo nuestro es el trabajo.

No es cierto que el trabajo sea cosa de bueyes y que Dios lo haya hecho como castigo.  El trabajo nos ennoblece y nos hace realizarnos.  Lo mejor de nosotros lo expresamos  por medio de la labor cotidiana.  Somos un poco nuestra obra.  Si las palabras son engañosas y uno puede dejarse llevar por los cantos de sirena, el trabajo no engaña.  Mediante el trabajo materializamos lo que somos.  Viendo una obra es fácil deducir a su autor.

Por eso es que muchos piensan que Dios es perfecto.  Basta ver las obras de sus manos, así­ dice el salmo 8, para comprender los atributos del Creador.  Nada bueno puede salir de lo mediocre: la obra perfecta exige un arquitecto perfecto.  Esto es quizá lo que condujo a los filósofos a afirmar que el ser precede al hacer (agere sequitur esse)  y no al revés.  No sabrí­amos, por consiguiente, quiénes somos si no examináramos nuestras acciones.  Somos, otra vez, un poco nuestra obra.

Quiero decir, entonces, que aunque comenzar de nuevo el trabajo parezca un infortunio planetario, en el fondo nada mejor que la actividad laboral (con esto lo que quiero hacer, que conste, es racionalizar nuestro destino y la mala suerte de la vida).  Nuestro hacer representa no sólo la posibilidad de cambiar el universo, sino de engrandecernos a nosotros mismos y realizarnos como humanos.  En el trabajo mostramos nuestra humanidad.  Los animales no trabajan propiamente, aunque uno diga que las hormigas son abnegadas, trabajadoras y virtuosas.  El único virtuoso es la persona humana que, como usted o como yo, nos disponemos hoy a trabajar.

Evidentemente, el trabajo puede ser una maldición.  Imagine usted a quienes les toca realizar trabajos monótonos, pegar botones, zurcir, cortar y ensamblar todo el dí­a.  Imagine usted a quienes tienen por jefes a ogros y capataces que no permiten hacer de la actividad algo excitante.  Hay trabajos, qué duda cabe, llamémosle «malditos», pero hay otros que no lo son.  Piense en la actividad de los futbolistas, maestros, arquitectos, publicistas y hasta el de los periodistas.  Son todos estos trabajos casi divinos, pero sobre todo, muy humanos.

Así­ pues, si piensa que hoy es el peor de sus dí­as, el Armagedón y el Apocalipsis, revise un poco su trabajo y considere si no estará en el lugar equivocado.  Si es sólo un poco de pereza vital, póngase a filosofar e intente convencerse que no hay tal tragedia existencial.  Que la vida es buena y merece vivirse bien.  Inténtelo que la vida es breve.