Para algunos hoy es un día «terribilis»: el regreso al trabajo, la confirmación del castigo eterno de Dios desde inicios de la creación y, en fin, la continuación de una tortura laboral que se terminará cuando estemos humanamente acabados. Hay en el ambiente laboral una especie de «hueva colectiva», pena existencial y mucha nostalgia por esas jornadas de gracia y don otorgados por el calendario.
Hoy no es un día exactamente de gozo y eso lo saben bien los colegios que conceden a los pobres estudiantes un día más de luto. La concesión se puede entender como: «sabemos lo terrible que significa el fin de las vacaciones, les damos un día más para que vayan aceptando (y acostumbrándose) a las penurias de la vida. Esto es un anticipo de lo que les tocará vivir en el futuro. Miren a sus padres, esa es la realidad por venir». Los muchachos apenas lo intuyen y aceptan de buen gusto un día más de reposo.
¿Por qué tanta tragedia? Quizá porque naturalmente somos seres-para-el-descanso. Quizá porque el trabajo no deja de ser un castigo, como efectivamente sanciona el Génesis. Eso de «trabajar» no debe estar inscrito en el cromosoma de los mortales. Los pequeños son la mejor confirmación de esta realidad. Los niños detestan la responsabilidad, odian estudiar y van al colegio sólo porque son obligados. Ellos prefieren ver televisión, jugar, dormir, comer y conversar con los amigos. Nada más lejano en ellos que eso de «trabajar». Y, claro, como no dejamos nunca de ser niños, cada que podemos nos escapamos del trabajo, somos irresponsables y huimos a jugar (con las compañeras de la empresa, a un bar o a conversar con los amigos). Así somos.
Evidentemente hay excepciones, como hay casos aislados en la niñez con los niños «nerdos», los responsables, los amargados que desde pequeños tienen inclinación a encerrarse a leer, los que nunca tienen amigos, los que huyen de las niñas y anhelan cotidianamente ir al colegio. Son excepciones a la regla. Son esos los que cuando crecen sufren las vacaciones, no encuentran qué hacer en casa y se aburren con su esposa e hijos. Son los trabajólicos para los cuales el imperativo es «vivir para trabajar», ser eficientes, productivos y ganar mucho dinero. Aunque en realidad el fin no es el lucro, sino mantenerse ocupados y «hacer (siempre) algo».
Claro, hay que reconocer que el mundo ha cambiado por estos burros de carga y la sociedad los necesita. Ellos son los raros del planeta, los «anormales» que disfrutan con eso del «99 por ciento de sudor y un por ciento de inspiración». Los demás, «la media», prefiere invertir las cosas y desean que «llueva café», que Dios cumpla con eso de ser «proveedor» y que «así como alimenta los animalitos del campo» lo haga también con todos sin muchas penas ni complicaciones. ¿Qué sería de la humanidad sin esos esclavos? Dios fue sabio y en cada generación manda a algunos para que se esfuercen y nos dejen un mundo mejor.
¿Deben sentirse culpables los que van por el mundo «pasándola», sintiendo la injusticia de cumplir con el castigo de Sísifo? No lo sé y no es mi propósito investigarlo. Lo que digo apenas es que hoy es un día de desgracia patria: volvemos al trabajo y eso es absolutamente doloroso (aunque algunos piensen lo contrario).