Alguna vez escuché decir que la novela de Miguel íngel Asturias, «El Señor Presidente», fue clasificada dentro del género del realismo mágico, pues todos aquellos personajes, el pelele y demás, que vivían en los alrededores del Palacio Presidencial tenían características demasiado fantásticas, aunque estas historias en realidad existen, e incluso pueden verse hoy.
¿No diría lo mismo el mundo literario de hoy al leer el final de la novela Rosenberg, donde resulta que el hombre se mató el mismo, o con la nueva novela política, la de Alfonso Portillo, y un grupo de la población que sale en apoyo a sus actos de corrupción?
Las novelas que tanto despiertan la atención de la población guatemalteca, tienen ese elemento de fantasía, que al mismo tiempo es real, como en la obra de Asturias. Sin embargo, hay muchísimas historias fantásticas y de terror -pero reales-, y que pocas veces se observan en los medios.
Me permito contarles una, basada en una vivencia personal, a ver si despierta el mismo morbo y el mismo interés en resolver la situación.
Ocurrió en la montaña de Santa María Xalapán, Jalapa. En esta montaña se cree que hay resabios de la cultura Xinca. Con el poco de tierra que cuentan, siembran maíz, frijol, café y algunas hortalizas.
Yo nunca había visto el frijol dentro de sus vainas, colgando del árbol. Eso me hizo recordar la anécdota de unos jóvenes de metrópoli que al preguntarles de dónde sale el tomate responden que del supermercado.
Estoy solo en el carro esperando a una comunitaria que visita a otras mujeres y les cuenta que deseamos hacerles unas encuestas para una investigación que realizamos.
Unos niños juegan con una carreta hecha con dos cañas de bambú -el mismo material con que hacen las paredes de sus casas- y un bote de 5 galones partido de un lado para hacer de palangana y 3 ruedas sobre el bote plástico. Una pequeña niña va dentro de esa carreta hechiza. Lo empuja un infante más grande. Detrás un niñito corre con dos bambús atados a una rueda. í‰ste se queda mirándome mientras está jugando con su rueda y no se da cuenta que su hermano dejó caer a la niña de la carreta, así que choca y le pega en la rueda al nene que llevaba a la niña, y le lastima el pie.
Pienso que mi presencia rompe el equilibrio normal de la comunidad. Una persona de barba, y de una altura mayor a la del promedio de aldeanos, en carro y con vestimenta distinta, no es algo que estén acostumbrados a ver. La disgregación entre la gente de la ciudad y el campo, deriva en ello.
Mi compañera de labores, una comunitaria de la montaña, programó una visita para entrevistar a tres mujeres de una misma familia de la aldea. Doña Calixta, de 70 años y jefa del hogar tras la muerte de su esposo, es la primera con quien hablo. Está limpiando el café, del que tiene sólo cuatro matas.
Me cuenta que vive con sus dos bisnietos, varios nietos, y tres de sus hijos (los demás hijos viven aparte). De sus tres hijos, un hombre y una mujer padecen retraso mental. Una de sus nietas es hija de la mujer con esta enfermedad. En realidad tiene dos hijos, pero me contaron que uno de los papás de sus hijos -ambos abusaron de ella, aprovechándose de su estado- decidió quedarse con el niño luego que nació.
Entrevistamos a doña Calixta, su única hija sana y la nieta. Las tres tienen algo en común, son madres solteras y campesinas, y viven sólo de lo que la tierra les da. ¿Ya vieron por dónde está el realismo mágico de esta historia verídica? Pero hay mucho más, seguiré en la próxima columna.