DESDE LA REDACCIí“N
Guatemala se convirtió esta semana en el octavo país donde se registra un deceso a causa del virus H1N1, tras México, Estados Unidos, Canadá, Costa Rica, Chile, República Dominicana y Colombia; al cierre de este artículo se contabilizaban 74 casos de contagio, y todo apunta a un incremento en las próximas horas, luego de los análisis hechos por el Ministerio de Salud.
Los casos de infecciones por el virus ascienden, ya, a 29 mil 669 en 74 países y 145 son las personas fallecidas por esta enfermedad; la Organización Mundial de la Salud (OMS) activó la alerta máxima de esta crisis sanitaria declarándola la primera pandemia del nuevo siglo.
Alarmante, sin duda alguna. Sobretodo por el rebrote de la enfermedad en el país, en donde en menos de dos semanas se pasó de 7 casos a más de 70 registrados por las autoridades sanitarias, que recomendaron adelantar el descanso de medio año para los estudiantes y así prevenir más contagios, pues en algunos centros educativos la presencia de virus causó alarma entre los padres de familia.
Hasta este momento, es pertinente cuestionarse sobre la capacidad de reacción con la que cuentan las instituciones del país, sobretodo cuando este rebrote se desata dos meses después de haberse detectado la influenza en México y las débiles medidas de prevención adoptadas en el ya de por sí frágil sistema de salud.
El pasado viernes 5 de junio, este vespertino publicaba sobre el repunte de casos de infecciones cuyos pacientes, son en su mayoría, jóvenes menores de 30 años, esto hace suponer que la campaña masiva para prevenir la propagación del virus no ha tenido los efectos deseados. El mismo vicepresidente Rafael Espada dijo que no le extrañaría que antes que terminara el mes tuviéramos a cien personas albergando el H1N1 en sus cuerpos.
Hay que recordar que Guatemala no es un paraíso de la salud, y este caso nomás viene a desnudar las fuertes debilidades con las que contamos; si bien, este caso parte de una epidemia que se ha prolongado en un poco más de 70 países y cada uno ha enfrentado la crisis a bien de su aparato estatal, la propagación y, por lo visto, falta de control en los sistemas revela la vulnerabilidad en la que nos encontramos.
Vulnerabilidad, que por demás, expande las estadísticas relacionadas al sistema de salud; por ejemplo, las que ya tenemos sobre mortalidad materno infantil, enfermedades infecciosas, respiratorias y una nutrición que se ubica por debajo de lo «normal» en una sociedad más o menos «normal».
Vivimos en una crisis interminable. De crisis política, pasamos a una crisis social y otra sanitaria en un abrir y cerrar de ojos. Y lo más preocupante, -rozando en lo vergonzoso-, son las políticas que se sacan de la manga nuestros gobernantes para resolverlo, o intentar resolverlo, tapan una gotera para destapar otra, y así se van hasta que su tiempo detrás del despacho presidencial se termine y volvamos a empezar. Por eso, es mejor ponerse una mascarilla y ver cómo actúan de lejitos, para no contaminarse, no vaya a ser que encima de todos los males ya establecidos, esta pandemia nos de otro golpe por debajo del abdomen.
POR ESWIN QUIí‘í“NEZ
eswinq@lahora.com.gt