De las palabras, a las acciones


El discurso del presidente Colom, luego de la investidura en el Teatro Nacional, a mi juicio, se orientó hacia dos públicos precisos: a nuestra población rural y a los Jefes de Estado, presidentes y representantes de los paí­ses amigos que reiteraron su intención de propiciar adecuadas relaciones con nuestro paí­s.

Walter del Cid

Los retos auto impuestos por el gobernante, así­ como las demandas derivadas de la compleja sociedad guatemalteca caracterizada por la exclusión y la ausencia de «tejido» para articular polí­ticas son valladares adicionales que habrán de obligar a un tremendo esfuerzo de creatividad, efectividad y relaciones interinstitucionales eficientes, inmediatas y mediatas.

Las falsas expectativas alimentadas en el pasado, la ausencia de liderazgos sociales y polí­ticos para cualificar la interlocución que a su vez posibilite la persuasión necesaria para la concreción de acciones, son otros vací­os que han de encararse tanto con imaginación como con prontitud.

Cuando en su discurso de toma de posesión el presidente Colom se permitió improvisar generó sentimientos variopintos. Sin embargo, lo más importante, a mi modo de ver, fue a quién dirigí­a sus palabras y qué le motivó a apartarse del protocolo y los convencionalismos propios de este singular y único momento en el inicio de su gestión.

Privilegiar el enfoque social de su gestión gubernamental conlleva obstáculos adicionales tal el caso de la «invisibilidad» de las acciones que se puedan concretar en el corto tiempo bajo este énfasis. Y allí­ otra complejidad, pues ante tanta palabrerí­a del pasado, tanto timo, falsedades y promesas incumplidas, los guatemaltecos en general demandamos resultados palpables. Ese cortoplacismo que nos envuelve no es casual, ese imperativo de ver satisfechas las necesidades básicas y la sorda exigencia que se traduce en el «voto castigo», tampoco es casual. Estos y otros elementos son propios de nuestra idiosincrasia y todos ellos son parte de una falsa e hipócrita imagen de democracia que se nos ha vendido a lo largo de estos, ya casi, 23 últimos años y sus siete procesos electorales.

Pero también pareciera que estarí­a por enderezarse el entuerto. Y entonces afloran las primeras frustraciones como también se renuevan las ilusiones y «la esperanza» se mantiene y acrecienta. Lo urgente, antes de buscar la «cohesión social» está en cohesionar el Gabinete. Reafirmar el imperativo del manejo probo de los fondos públicos y sancionar, al menor indicio de carencia de ética, el desempeño de las responsabilidades de quienes le rodean en lo inmediato y de los servidores públicos en general. Nada de lo prometido por el Presidente es fácil. Si el «rostro» social de la gestión de su gobierno se encamina a la inminente promoción del empleo y a éstas acciones le siguen la generación de condiciones para neutralizar la ola de criminalidad, garantizar un mí­nimo de calidad y dignidad en la prestación de los servicios de educación y salud, entonces, el desarrollo será tanto en lo rural como en lo urbano y lo urbano marginal. Será el momento de ver hacia las administraciones municipales, para verles en complementariedad buscando la promoción del desarrollo que partiendo desde lo local, alcance y trascienda lo nacional. Y eso se puede iniciar con paso firme en los 94 dí­as que le quedan para cumplir sus promesas en el marco de los primeros cien dí­as.

Los otros rieles en esta ruta hacia la transformación del Estado y de las maneras de gestionar la administración pública recién estrenada, están definidos por el diálogo como instrumento y como punto de partida para la concreción de las aspiraciones por una Nueva Guatemala que es posible construir con el esfuerzo de todos. Se habrá de requerir energí­a para establecer ciertos í­ndices de cualificación de interlocutores. Algunos habrán de quedar fuera y aquellos que queden dentro tendrán la enorme responsabilidad de transformarse, además de acompañar estos incipientes procesos (en lo fiscal, entre otros importantes temas), en hábiles comunicadores para generar una atmósfera de confianza entre todos los participantes y extensible hacia los gobernados que, obviamente no asistamos a esas mesas de deliberación.

Hacernos llegar con acciones precisas frente a lo enunciado es de suyo complicado. Percatarnos y aceptar que en efecto se está encaminando el rumbo del paí­s hacia mejores derroteros es una tarea inherente al ejercicio del poder polí­tico, que lamentablemente se ha soslayado demasiadas veces. Ojalá no haya que esperar mucho para que podamos percibir aciertos, más que errores, en los desempeños futuros, de quienes conducen la cosa pública en nuestro paí­s. Los visitantes se fueron, pero dejaron a sus embajadores y seguramente éstos no callarán lo que vean. Pero más que eso, nuestra población empobrecida puede enardecerse si se siente defraudada de nuevo.