No cabe duda que los gobernantes casi nunca o nunca quedan bien con sus gobernados. Si es bonachón y luce como abuelito (el caso Berger), cae mal porque parece tarado y no está a la altura de un mandatario. Si habla bien y es un encantador de serpientes (el caso Portillo), es un populista, demagogo, mentiroso y engatusador. Si tiene problemas para hablar, es una vergí¼enza pública y nos congratulamos que un mequetrefe como Jaime Bayly le llame «tontorrón». Los Presidentes nunca están a la altura de sus electores.
Ver los aspectos superficiales de quienes se constituyen en líderes de una nación no ayuda a la buena crítica de las acciones políticas que es, se supone, en lo que se debe concentrar un ciudadano inteligente. Debemos superar esa fase de fijarnos en lo externo y poner más atención en los hechos. En política es irrelevante si el jefe de Estado es negro (el caso Obama), si es de corta estatura (el caso Sarkozy), si es mujer (el caso Merkel) o si usa bigote y es feo (el caso Ortega). Lo estético en política sólo debe dejarse a los caricaturistas y a los superficiales.
Por eso, criticar al Presidente actual por tener dificultad para expresarse carece de sentido. No nos debemos ir por la finta y, a menos que sea conversación de cantina, ser más serios y responsables cuando emitamos un juicio (si es que queremos lucir como gente sensata). «Me avergí¼enza que sea mi Presidente», me dijo una catedrática universitaria. Yo le dije que Portillo hablaba bien, que si con él sí se sentía orgullosa, y me respondió que no, porque «él era demagogo». En esas incongruencias caemos si nos referimos a lo irrelevante.
Yo pienso que a algunos críticos del gobierno actual se les olvida que Colom llegó a ser Presidente de Guatemala porque muchos trascendieron esos aspectos superficiales del habla. Se concentraron en la ventaja que representaba para el país esa opción (por encima del candidato perdedor) y gustosamente dieron su voto.  En este sentido, es incluso meritorio que alguien con escaso talento para hablar (imprescindible según algunos en el arte político) haya llegado a ser Presidente.
Esa chismografía y falta de inteligencia política es la que nos hace presa fácil de los candidatos «Coca Cola» (la chispa de la vida), esos que se promocionan por medio de consignas y fórmulas publicitarias. Somos tan fáciles que vienen con melodías de mal gusto y expresiones tan absurdas y demagógicas como esas de «los buenos somos más», «mano dura y mano aguada», «el catorce a las catorce» o la del propio Colom «la delincuencia se combate con inteligencia».
Por supuesto que no es tarea fácil la lucidez política, ya les he citado el ejemplo de la profesora universitaria que con toda su academia aún se queda por encima de los hechos. La regla número uno en el mundo político es la suspicacia, la número dos es el escepticismo y la tres es la duda.  La política es el espacio de la ilusión y quienes la hacen son ilusionistas. Hay que quitar el velo, salir de la bruma y llegar hasta el fondo. Si nos quedamos por encima nos tomarán el pelo, jugarán con nosotros y seremos, como muchos buenos, inocentes y cándidos, tontos útiles.