De CPR, lucha y resistencia


«La guerra… ha dejado en el campo un saldo de muertes y destrucción sin precedentes.»

Informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico

Ricardo Ernesto Marroquí­n
ricardomarroquin@gmail.com

Entre los años 1980 y 1981, cuando Romeo Lucas Garcí­a hací­a dictadura con mano dura, la población indí­gena y campesina del interior del paí­s se encontraba en peligro de ser ví­ctima de la polí­tica de tierra arrasada que exterminaba a comunidades enteras con balas, machetes y palos del Ejército y de las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC) con el objetivo de «dejar sin agua al pez», de eliminar todo apoyo de la población para la guerrilla.

En esta situación, miles de familias decidieron abandonar lo poco que les quedaba y caminaron rumbo a la selva, donde la naturaleza más profunda, a pesar de las dificultades para hallar alimentos, refugio y paz, ofrecí­a un mejor abrigo de la que el Estado, militar, represivo y genocida decí­a garantizar. Así­, nacieron las Comunidades de Población en Resistencia (CPR), principalmente en Ixcán, la Sierra y Petén.

De acuerdo con el informe «Guatemala, Memoria del Silencio», realizado por la Comisión de Esclarecimiento Histórico, «la vida de esas 50 mil personas que buscaban refugio en las selvas y en las montañas del norte de Quiché se desarrolló en condiciones materiales infrahumanas, pero a la vez creando un profundo ví­nculo organizacional. Una década después aproximadamente la mitad se mantení­an aún allí­. Las ofensivas del Ejército entre 1987 y 1989 hicieron salir de allí­ a unas cinco mil personas. A mediados de 1992, según información de representantes de las CPR quedaban unos 17 mil habitantes de las CPR de la Sierra y unos seis mil en el Ixcán, o sea un total aproximado de 23 mil personas».

Hasta el 8 de septiembre de 1990 las CPR se mantuvieron en la clandestinidad, resistiendo en la selva a un sistema que les negaba la posibilidad de ejercer sus derechos como seres humanos. Durante todo el tiempo de la resistencia, fueron hostigadas por miembros del Ejército que, a través del aislamiento comercial con las comunidades vecinas, trataba de callar voces como lo hací­a en las masacres sistemáticas.

Las CPR fueron el ejemplo de la defensa de la vida en un tiempo en donde la muerte era parte de la cotidianidad; fueron el reflejo del coraje en el medio de una guerra donde el poder oligárquico y militar implementaba todas sus estrategias macabras para asegurar la sumisión, el silencio, el miedo y la resignación de la población. Fue la selva el refugio de esta valentí­a, y fue la tierra, a través del trabajo de miles de manos que sembraron y cosecharon, el recurso que permitió que durante tantos años, tantas personas se mantuvieran firmes en una lucha que les hací­a, cada dí­a, más humanos.

Luego de 20 años, la opción de la paz no parece un mejor camino de vida para las personas que forman parte de las CPR. A pesar que confiaron en un proceso de reconciliación y en muchos acuerdos que pretenden transformar nuestro paí­s en un lugar más justo, quienes han ocupado los puestos de decisión polí­tica dentro del Estado han ignorado estas propuestas y hacen que las condiciones de vida de la población campesina sea igual o aún peor que durante los años del conflicto armado.

Ahora, que es un tiempo propicio para la resistencia frente a este sistema que insiste en convertirnos en consumidores antes que en seres humanos y ciudadanos, vale la pena voltear hacia la historia de nuestro paí­s, vale la pena reconocer en las CPR la lucha por la resistencia contra la sumisión y la resignación de recorrer el camino que el poder tradicional nos ha trazado y en donde a cada paso que damos, dejamos un poquito más de ser personas.