De busca niguas a canchinflí­n


En tiempos para mí­ remotos, con motivo de las fiestas navideñas, los «patojos» nos la agenciábamos para la compra de cohetes así­ como de «saltapericos y tronadores»; los primeros estallaban al darles un pisotón y los segundos al frotarlos en la pared. Ambos fueron suprimidos, porque unos aparentaban ser anisillos y los otros caramelos.

José Antonio Garcí­a Urrea

De esto corrí­an los años 20’s, entonces habí­a muchos niños descalzos y la divertida jugarreta era tirarles a ellos los buscaniguas, de lo cual resultaban varios con serias quemaduras, así­ como las riñas entre las mamás de unos y otros, Recuerdo que un compañerito tuvo la ocurrencia de sacarle a varios cohetes la pólvora blanca y con un pequeño tubo hizo un cañón, el cual le dio tan buen resultado que al dispararlo le cortó la falange del dedo medio. También recuerdo que vení­an de El Salvador unos cohetillos que se tronaban entre los dedos pulgar e í­ndice.

En la actualidad con las tecnologí­as innovadoras, los juegos pirocténicos han cambiado de aspecto, pero siguen siendo lo mismo de peligrosos, y tanto en su fabricación como en su quema, los más damnificados son los niños, lo cual ha dado pie para que se prohí­ba el ingreso y comercialización de estos artefactos de consumo especial entre niños. Mucho se ha recomendado que los menores de edad no los quemen sin la vigilancia de adultos, pero no siempre hay tiempo para ellos, y de nada sirve con los silbadores o cachinflines, puesto que se van por donde los impulsa la quema de la pólvora.

Es cierto que existe el derecho a la comercialización de un producto, pero también existe el derecho a ver hasta dónde puede causar daño ese producto. íšltimamente se sabe del retiro del mercado de juguetes chinos por su alto contenido de plomo que afecta la salud de los niños.

La preocupación ante el daño, en pequeña y gran escala, que producen los cachinflines o silbadores, algunos de los cuales traen nueva y atractiva presencia ha alcanzado esferas de gobierno así­ como al Arzobispo Cardenal, quien en la homilí­a del domingo recién pasado comparó la tenencia de un silbador con la de un arma de fuego.