Ya en los albores de la democracia, Platón y Aristóteles veían en el sistema democrático algo así como la tiranía de la masa que, a su vez, es tiranía de la mediocridad. Es siempre altamente cuestionable qué legitimidad puede haber en la concretización de la voluntad de la mayoría, si esa mayoría es incapaz de discernir hasta lo más elemental, a saber la diferencia entre lo valioso y lo vicioso. La masa actúa por impulso, se mueve como la arborescencia de una madrépora en dirección y al ritmo de las corrientes marinas, o como cardumen, al impulso de estímulos primarios que determinan su posición, sus movimientos y formas, así lo lleven a la supervivencia o a la muerte.
La masa «acarreada» en camionetas y camiones y comprada al precio mínimo, sólo sirve para llevar al poder a sus propios verdugos, amos o señores que en la dialéctica de su posición y de su obrar sólo aspiran a liquidar a quienes les han servido. Liquidación que puede ser material o espiritual, ésta última ejecutada en la negación de su propia voluntad y, por supuesto, en la anulación de su dignidad. La masa goza en su negación y en la afirmación del amo.
Vivo y afirmado el amo, vivo y afirmado el esclavo.
En la racionalidad que se esconde tras esta relación no podemos encontrar al individuo, porque su racionalidad consiste en su muerte. Muerto el individuo, viva la masa y su inseparable mediocridad. Su racionalidad también se funda en el resentimiento del individuo que, en masa (anulado a sí mismo) se ve identificado en el empoderamiento del amo. Al amo se le ama y se le odia. Por eso es tan fácil, a veces, dar la vida por él, tanto como atentar contra él. Con su triunfo como con su derrota o su muerte, la masa goza y sufre. La masa le aplaude y le llora, le ama y le aborrece; y si la masa atenta contra él, le aplasta y, al poco tiempo, la vuelve a organizar para volverse a servir de ella.
La masa puede liquidar a su amo y al poco tiempo rehacerlo para llenar el lugar que ella, como lo que es, una masa, no puede llenar.
Así, la democracia se afirma como el mejor sistema de gobierno para la masa, pues con ella garantiza su propia supervivencia.
Otro mal congénito de la democracia, derivado del anterior, es la reelección, de la cual hablaremos en otra oportunidad. Por lo pronto sólo diré que la reelección es el mecanismo más podrido del que hace uso el amo cuando su creatividad, como la creatividad de la masa, ha muerto o ha entrado en un callejón sin salida.