Mucho de lo que nos ocurre en el país seguirá ocurriéndonos en tanto no cambiemos de registro. Quiero decir, si seguimos actuando como de ordinario lo hacemos continuaremos recogiendo los mismos frutos. Hay una visión nuestra de mundo que es la que impide que las cosas sean distintas. Tenemos que analizar nuestras acciones y enmendar la plana al tomar conciencia que vivimos según un ritmo y una clave que no son los que hemos inventado, sino que se nos han impuesto y nosotros hemos aceptado con indulgencia.
Lo primero. Considerar que este sistema social y económico, este espacio es un invento artificial, humano, creado. Vivimos en una estructura dada que aun y cuando pudo haber sido valiosa en tanto nos simplificó la comprensión del mundo, nos aprisiona y nos vuelve esclavos. Esta conciencia debe llevarnos a cuestionar las cosas, a protestarlas y ponerlas en cuestión. No hay que aceptarlas así nomás. Al juzgarlas y tomar distancias de ellas, es necesario inventar un mundo mejor, más cómodo y habitable para nosotros. Más humano.
Este deshacer el mundo dado mediante la crítica nos ayuda a desear un mundo diferente. Y este deseo nos inclina a la invención. Es urgente poner el mundo de revés y reinventarlo. No podemos seguir marchando según ese ritmo impuesto porque, además, parece destructor, poco humano y edificante. Hay que crear un planeta a nuestra medida, donde reinen los valores que hagan de este espacio un hogar habitable y vivible, justamente diferente al que vivimos hoy.
Si todos hacemos esto, obviamente habrá muchísimos modelos distintos de mundos humanos. Por tanto, es urgente seguir aplicando la crítica para no aceptar como novedoso lo que no es sino más de lo mismo. Los modelos que se hacen llamar como Pro-reformas, son ejemplos típicos de pseudocambios, pseudorreformas y un ejercicio típico de sobrevivencia del sistema.  No todo lo que brilla es oro. No todo lo que anuncia crítica y transformación de las estructuras lo son necesariamente. El viejo sistema tiene ardides de sobrevivencia y hay que estar alertas para descubrir sus supercherías, trampas y argucias.
Sin cambios mentales auténticos, personales, no hay posibilidad seria de real renovación. Nuestras propuestas en el país no han funcionado porque no se ha llegado al corazón del asunto. Los cambios han sido cosméticos y superficiales, incapaces de producir esa transformación que exige la sociedad. Urge, por tanto, una salida comprometida del ejercicio de lo mismo. Y me temo que la salida primera va en la vía de la renuncia al dios dinero como valor absoluto. Algo hay que cambiar en la consideración de lo económico. Mientras esto no suceda, seguiremos en la eterna repetición, el infinito retorno.
No hay que esperar que todos nos pongamos de acuerdo para realizarlo. Cada uno debe empezar a cambiar de mentalidad y empezar por poner el mundo de cabeza. Casi es seguro que las cosas devendrán siempre mejor. Es más, cualquier cosa parece de mayor calidad que el infierno que vivimos hoy en este sistema devorador de hombres, felicidad y paz.