Dar la vida frente a argentinos


«Soldados, los argentinos están ingresando. Hay que defender la patria y dar la vida si es necesario», oyó un joven conscripto chileno atrincherado en la frontera con Argentina hace justo 30 años, en las horas más tensas preví­as a una guerra que logró ser evitada in extremis con una mediación papal.


Germán Flores, hoy de 49 años, recuerda cómo se vivió en el frente de batalla ese «crí­tico» 22 de diciembre de 1978, el dí­a planeado por Argentina para ocupar tres islas en el austral canal Beagle, una acción militar que desencadenarí­a una guerra por la soberaní­a en ese estratégico rincón de Sudamérica.

«Ese fue el dí­a más crí­tico, porque nos dicen que los argentinos iban a ingresar al Beagle y nosotros tení­amos que defender nuestro territorio como fuera. Se nos entregaron tiros, minas antipersonales y granadas», rememora.

Flores, que entonces realizaba su servicio militar en el Batallón de Infanterí­a del Regimiento Pudeto, llegó en abril de ese año a la región de Magallanes, escenario principal del conflicto, donde hasta la fecha se ven letreros en áreas rurales que advierten sobre el peligro de los campos minados.

Argentina planeaba invadir las islas Nueva, Picton y Lennox del canal Beagle, que se extiende por 280 km a lo largo del sur de la isla de Tierra del Fuego.

Al principio, comenta, no se hablaba mucho del tema, pero a medida que avanzaban los meses, el conflicto y la incertidumbre se hací­an más patentes.

«Miedo no tení­amos, pero sí­ mucha incertidumbre. Estábamos preparados para enfrentar a los argentinos, aunque fuesen más hombres y superiores sobre todo en el aire», afirma.

«Nuestro objetivo era matar a diez argentinos y después morir. í‰se era el lema», recuerda.

Junto a sus compañeros dormí­an abrazados las noches del crudo invierno patagónico, acurrucados en las trincheras que cavaron en los alrededores del parque nacional Pali Aike, en la zona más árida de la pampa magallánica.

«Esas trincheras fueron nuestra casa por ocho meses. Ahí­ pasamos hambre, frí­o, penas, pero lo más terrible fue vivir esa tensión sicológica de no saber cuándo serí­amos atacados», comenta.

«Hacia octubre comenzamos a tensionarnos: despertábamos a las cinco de la mañana y nos preguntánamos entre nosotros qué pasarí­a, si atacarí­an o no. Así­ pasaban nuestros dí­as».

Muchas veces, en esas noches de desvelo o de guardia, los soldados confesaban que hubiesen preferido ser atacados rápidamente, para soltarse de las garras de la incertidumbre.

No habí­a fraternidad, ni partidos de fútbol ni tragos de mate compartidos, asegura Flores, contrariando la imagen de fraternidad que mostró la pelí­cula chilena «Mi mejor enemigo».

«No estábamos para jugar a la pelota ni tomar mate. Eso jamás ocurrió», afirma con un tono de molestia.

En ese entonces, Chile y Argentina eran gobernados por las dictaduras de Augusto Pinochet (1973-90) y Jorge Videla (1976-1981) respectivamente, un factor que, según los análisis polí­ticos tras 30 años, contribuyó a la escalada del conflicto.

El 22 de diciembre, sin embargo, pasó. La guerra no estalló y, al dí­a siguiente, un superior militar dio a conocer la noticia: el ahora fallecido papa Juan Pablo II anunció que enviarí­a una misión para mediar entre ambos paí­ses. Ese 23 de diciembre, la comitiva ya estaba en viaje a Buenos Aires.

Pero la paz se firmó sólo seis años más tarde.

Las negociaciones llevaron a la firma de un acuerdo que otorgó a Chile la posesión de las islas y que también incluyó un procedimiento para la solución de conflictos, entre otros aspectos.

El tratado se firmó en el Vaticano el 23 de enero de 1984, después que Argentina lo aprobó a través de una consulta popular vinculante bajo el gobierno de Raúl Alfonsí­n (1983-1989).

«Cuando nos dijeron que el Papa habí­a mandado una misión nos pusimos super contentos, nos abrazamos y lloramos de alegrí­a de pensar que pronto volverí­amos a nuestros hogares», recordó Flores.

El 10 de enero de 1979, el joven conscripto regresó a la ciudad, tras pasar meses pensando que sólo deseaba abrazar a su madre.