Y brotó del manantial del amor el poema más profundo de la literatura cristiana y de los propios labios de Jesús, el divino clamor que es repetido día a día por millones de fieles. El Salvador crucificado se entrañó en cada uno de los versos que definen su enseñanza en la oración de oraciones, la más pura en la grandeza del misticismo esperanzador, convertida en el ruego por el pan de cada día que es la vida de los seres humanos. «Y aconteció que estando Jesús orando en un lugar, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos. Jesús les dijo: cuando orareis, decid: «Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día.» San Lucas (11, 1-2). Y floreció la semilla del verbo en el corazón del hombre y su fuerza es el grito de la vida. Pero sin pan no hay paz, no hay salud, no hay vida. Por ello, preocupa, aflige el alto precio de los productos alimenticios y la falta de trabajo actual que sufren las mayorías sacrificadas a la pobreza. En los países del mundo atrasado, hay tanta miseria, que no coincide con las riquezas propias de la tierra fértil y de la suprema naturaleza especialmente de Guatemala. ¿Quiénes rigen el mercado productivo?, ¿quiénes definen el precio del producto de consumo diario?, ¿comerciantes, interventores, manipuladores o simplemente las reglas del juego? Lo cierto es que por un lado el Gobierno anuncia en aires de triunfo los éxitos alcanzados por el país en beneficio de unos pocos, pequeños y medianos agricultores, que hasta hoy no se habían abierto a nuevos mercados extranjeros. Pero las consecuencias de las ventas al exterior de la producción nacional de hortalizas y de otros productos no tradicionales traen serias desventajas al mercado nacional, por la falta de una regulación y planificación adecuada sopesando la balanza en partes provechosas nacionales y extranjeras, basadas en la realidad del mercado competitivo, evitándose así las desproporciones que causan escasez, y ésta a su vez provoca de inmediato el aumento del producto. Por estas razones resultan perjudiciales para los conglomerados pobres el éxito de las exportaciones de verduras y otros, porque es natural que el productor guatemalteco que encontró una vía de venta con ganancias superiores a las del país, negocie toda su producción escogida, la mejor y deje para el consumo interno el desecho de sus cosechas, provocando escasez y obligando a la pobrería a pagar más caro un producto de mala calidad. Esto es muy fácil comprobarlo. Desde que el presidente Berger anunció los nuevos mercados en el exterior para la cebolla y el tomate se dispararon los precios en el país, escalando cantidades jamás conocidas por las amas de casa que tienen que pagar por una cebolla o un tomate un quetzal y así por el estilo todos los productos de la canasta básica, que han sufrido una inflación que raya en el abuso y el irrespeto al género humano. Constantemente se lee en los medios escritos denuncias del incremento desmedido de los productos de primera necesidad sin que nadie se preocupe por el daño que este látigo inhumano provoca en la salud de los conglomerados y mucho menos los involucrados en el proceso de protección al consumidor. Menos ahora que las modernas lancetas pretenden homogenizar las reglas mundialistas del mercado, como globalización, TLC, comercio libre y «tontín y tantán». Los últimos estudios realizados por estadistas, aseguran que los alimentos básicos llegan en este año al precio más alto de la historia, calculándose para una familia de cinco miembros la cantidad de Q2,956.60, cantidad que está muy por encima de los sueldos actuales de los guatemaltecos, aparte de que estos sueldos insuficientes son devorados ipso facto por los dragones de las empresas: eléctrica, Empagua y de teléfonos. ¿Qué sobrante hay para comer? En un país de sobrada sequía y hambruna, donde el poder del despilfarro de los recursos económicos está a merced de un total desgobierno, sólo nos resta clamar ¡Señor, danos el pan de cada día!